—¡Gracias, Dios mío, por haberme revelado á tiempo que soy tonta!

Acostándose discurrió que le iba á ser muy difícil dejar de pensar toda suerte de extrañas y endemoniadas cosas, porque aquella facultad suya de discernir era una monstruosidad fecunda que llevaba dentro de sí y que á todas horas estaba procreando ideas. Pronto pudo observar que si bien los libros estimulaban en ella aquel surgir constante de pensamientos varios y jamás ideados de otro alguno, el fenómeno no cesaba por completo renunciando á las lecturas. Esto la puso en cuidado.

—Pues si no puedo menos de pensar—se dijo,—al menos callaré.

Pero la verdad es que, aun sin manifestarse por medio del discurso, sus facultades estaban siempre en febril ejercicio, y á su observación no escapaba cosa alguna. Durante largo tiempo, su padre no cambió con ella una sola palabra relativa á ningún alto asunto. Asistía la joven al culto religioso con devoción minuciosa y con regocijo, y en lo demás mostraba afición á las cosas nimias, detallando hasta un extremo pueril todos los actos de la vida. Tenía cortadas las alas. Así la hemos hallado.

Pero en sus horas de soledad y meditación, en los crepúsculos que preceden ó siguen al sueño y en los cuales la percepción interna suele ser más viva, Gloria sentía hondas voces dentro de sí, como si un demonio se metiese en su cerebro y gritase:

—Tu entendimiento es superior... los ojos de tu alma abarcan todo. Abrelos y mira... levántate y piensa.

Cuando leía, cuando daba su opinión sobre los pícaros y sobre la sociedad del gran siglo, Gloria tenía dieciseis años.


VII
Los amores de Gloria.