—Hemos combatido como buenos—añadió el cura, que gustaba de emplear, hasta en los sermones, símiles guerreros,—y seguiremos combatiendo. En los libros santos se ha dicho: «Y tú Jehová, Dios de los ejércitos, no hayas misericordia de los que se rebelan con iniquidad... Acábalos con furor, acábalos y no sean; y sepan que Dios domina en Jacob hasta los confines de la tierra.» Y en otro pasaje: «Fuego irá delante de él y abrasará en redor sus enemigos.» Nuestra obligación es, pues, combatir, ya que las cosas han llegado al extremo de tener que emplear sus infames armas. ¡Oh! señores, si yo tuviera la elocuencia y la erudición de mi ilustre amigo el gran católico D. Juan de Lantigua, os diría á qué extremos llegan la impiedad y osadía de los revolucionarios, y el aprieto en que quieren poner á los hombres religiosos y píos; si yo tuviera, repito...

Don Silvestre se atragantó ligeramente. Todos le oían con serenidad; en los labios de D. Juan vagaba una sonrisilla que parecía decir:

—Más vale que te calles, pedazo de alcornoque.

—Pero, en fin, no las tengo—añadió el cura atleta,—no tengo ni esa erudición pasmosa, ni esa elocuencia arrebatadora; y así es bien que le ceda la palabra...

—¡Oh! si el Sr. D. Juan nos concediera oir su palabra...—dijo Amarillo cabeceando.

Lantigua se puso la mano en el pecho y tosió.

—Señores, no puedo—dijo con humildad.—Rafael, hable usted, que lo hará mejor que yo.

Del Horro se excusó con frases de modestia; pero al fin, no pudiendo resistir á la sugestión de todos los convidados, que á un tiempo le apretaban para que hablase, se levantó, limpió las gafas, se las puso, y arqueando las cejas, habló de este modo:

—Señores, ninguna voz más desautorizada que la mía para dirigiros la palabra. Joven, sin experiencia, sin conocimientos, me falta autoridad. Válganme por las prendas de que carezco, mi acendrada fe, mi sincero amor al catolicismo, los esfuerzos que he hecho en mi limitada esfera para conseguir el triunfo práctico de la Iglesia, de esa amorosísima madre nuestra, por quien vivimos, por quien alentamos, por quien respiramos. Dios ha querido que el más indigno de sus soldados, el más pequeño de sus servidores alcance hoy un triunfo material en las contiendas que han establecido los inícuos. El me dé fortaleza para defenderle, El dé fuerza á mi labio, energía á mi corazón, vigor á mi espíritu. Estote ergo fortes in bello. «Sed fuertes en la guerra.»

»Inmensa, asquerosa, pestilente lepra cubre el cuerpo social. El llamado espíritu moderno, dragón de cien deformes cabezas, lucha por derribar el estandarte de la cruz. ¿Lo permitiremos? De ninguna manera. ¿Qué valen algunos centenares de inícuos depravados contra la mayoría de una Nación católica? Porque no sólo somos los mejores, sino que somos los más. Alcemos en esta Cruzada el glorioso estandarte, y digamos: «Atrás, impíos, malvados sectarios de Satanás, que contra el reino de Nuestro Señor Jesucristo no prevalecerán las puertas del Infierno.» Y luégo, volviendo mi humilde rostro hacia el Oriente, distingo una venerable y hermosa figura. Al verla llénase mi corazón de intensísima congoja y las lágrimas acuden á mis ojos, considerando el aflictivo estado en que los perversos tienen al que es antorcha esplendorosísima que ilumina el mundo. Lleno de admiración y respeto, exclamo: «Grande eres, ¡oh Pedro! no sólo por tus bondades, sino por tus martirios. También de tí se puede decir que rasgaron tus vestiduras y sobre ellas echaron suertes. ¡Ay de los impíos que después de despojarte te han encarcelado! Ya les arreglarán los demonios en el Infierno. En tanto, ¡oh Pastor Santo! yo te saludo con lágrimas en los ojos, yo canto un hosanna amorosísimo en tu presencia, y te pido la bendición para que se redoblen mis fuerzas, se enardezca mi espíritu y no desmaye en la gran contienda que se prepara.»