XXXV
Los juicios de Dios, abismo grande.

Morton detuvo su caballo en la Cortiguera y Sildo le dijo:

—Padre vendrá en seguida. Ha ido á rezar á la Iglesia.

No tardó en aparecer Caifás.

—Aquí me tienes—le dijo Morton.—Llévame á donde quieras; pero despacha pronto, porque he de volverme á X... antes de anochecer. ¿Dónde está ese juez que no cree que los hombres tengan dinero si no es robándolo?

—Si vuecencia me quisiera acompañar á casa del escribano D. Gil Barrabás, hermano de D. Bartolomé Barrabás, y firmarme un papel diciendo que me hace donación de los diez y ocho mil reales...

—Anda delante y guía á casa de Barrabás.

—¡Oh, señor, cómo podré pagarle á vuecencia tantas bondades!...

—Que Sildo me tenga el caballo y lo cuide aquí mientras volvemos. Esto no durará mucho.