Pasó algún tiempo más. Las calles eran ríos. Los tejados vaciaban agua, cual si sobre ellos se rompiesen las compuertas de un estanque; la lluvia azotaba con sus mil látigos las paredes; corría la gente despavorida. Por fin, después de media hora de diluvio, pareció que se había concluído el agua de los cielos. Adelgazaron los chorros. La nube de verano pasaba, y la Naturaleza tendía á serenarse con la rapidéz del que se ha encolerizado por broma.

—Me parece que podré seguir—pensó Morton.—Pero ¡cómo habrán quedado esos caminos!... Está escrito que no naufrague yo una vez sola en Ficóbriga.

Esto pensaba, cuando sintió gritos y voces en la plazoleta y también dentro del jardín de Lantigua. Mucha gente se reunía allí. Daniel acudió tranquilamente primero, y á toda prisa cuando sintió entre las distintas voces de alarma la voz de Gloria.

—¿Qué ocurre?—preguntó al primero que encontró en la plazoleta.

—Que con la mucha agua, el puente de Judas se ha roto, y la señorita Gloria está asustada porque el Sr. D. Juan y el señor obispo no han vuelto todavía del Soto.

Morton halló abierta la puerta de la verja y entró. Lo primero que vieron sus ojos fué á Gloria, que atravesaba el jardín, envuelta en un mantón encarnado. En su cara y en sus pestañas brillaban algunas gotas de la escasa lluvia que aún caía. El frío y el espanto la hacían temblar, cubriendo de palidéz su hermoso rostro.

—¡Daniel!—exclamó sobrecogida,—¿qué buscas aquí?...

Y corrió hacia la casa. Morton la siguió.

—¡Jesús crucificado!—añadió Gloria:—¿no sabes... no sabe usted lo que pasa? La lluvia ha destruído el puente de Judas. Mi padre y mi tío deben de haber salido ya del Soto... Yo no puedo vivir en esta incertidumbre... Corro allá.

Volvió á salir.