—¡Gracias á Dios!—dijo Gloria.—Ya estoy tranquila.
Entonces fijó los ojos en Daniel Morton. Desvanecidos sus temores, su espíritu se ocupó por entero de aquella aparición.
—Adiós—dijo el extranjero.—Puesto que de nada sirvo aquí...
Gloria se detuvo un instante turbada y confusa.
—Adiós—repitió.—¿No estabas ya en camino de Inglaterra? ¿Ha naufragado otra vez el vapor? ¡Jesús! ¡Vienes siempre con las tempestades!... ¿Por qué estás aquí?... ¿Cómo estás otra vez aquí?... Daniel, por Dios, ¿qué es esto?
Curiosidad muy viva se marcó en su semblante, juntamente con claras señales del amor que la dominaba y que no se había extinguido.
—Hazme el favor de darme la mano—dijo el extranjero.
Los criados que estaban presentes se alejaron uno tras otro.
—Pero yo quiero saber por qué estás aquí y no en camino de Inglaterra. No pensé verte más... ¿Por qué has vuelto?... Pero no quiero saberlo... no quiero saber nada.
—Dios ha querido que te vea esta noche. Dame la mano.