Morton pensó con profunda seriedad en aquella singular ruptura del puente.
—Hay mucha distancia...—dijo la señorita sondeando con sus ojos el alma de su amigo.
—Me quedaré en la posada de Ficóbriga.
—Es verdad. Adiós.
Morton parecía clavado en el suelo.
—Adiós. ¿Pero te retiras ya? ¡Ay! ¡Esto es espantoso! ¡Esto es inícuo!
Gloria estaba también clavada en el suelo.
—Sí, es preciso...—dijo con voz dolorida.—Este encuentro inesperado parece una cosa infernal. Amigo, vete.
—¡Me expulsas!... Eso sí que es infernal y horrible. Maldígame Dios si te obedezco—dijo Morton dando un paso hacia la casa.
—Pues yo te echo de mi casa, porque es preciso, porque Dios lo quiere así—dijo Gloria, tratando en vano de echar tierra sobre su pasión.