—¡Daniel, Daniel! ¿Dónde estás?—exclamó cerrando los ojos y alargando la mano como si pidiera socorro.

Morton la estrechó en sus brazos.

—Aquí—dijo,—á tu lado, del cual no me separaré jamás.

—¡Qué locuras dices! Debes huir; pero por Dios, no me dejes ahora. Yo muero.

—Ahora—afirmó Daniel con energía,—nadie, nadie me arrancará de tu lado.

—Mi padre...—murmuró ella.

—No me importa.

—Mi religión...

El extranjero calló, hundiendo la cabeza sobre el pecho.

—¡Daniel, Daniel!—clamó la joven llena de congoja.—¿Qué tienes?