Morton la estrechó contra su pecho. Después, rechazándola suavemente, dijo con voz tétrica.
—¡Abandonar yo la religión de mis padres!... ¡Jamás, jamás!
Gloria, saltando lejos de él, le miró con espanto, como se mira una visión del infierno, más terrible cuanto más hermosa, más espantable cuanto más se viste de risueña forma.
—¿Qué has dicho?
—Que yo también tengo familia, padres, nombre, fama, y aunque sin patria común, nos la formamos en nuestros honrados hogares y en la santa ley en que nacemos y morimos. Desde mis remotos abuelos, que eran de Córdoba y fueron expulsados de España por una ley inícua, hasta el presente y en todas estas sucesivas generaciones de honrados israelitas que constituyen mi familia, ni uno solo ha abjurado la ley.
—¡Ni uno solo!—dijo Gloria con amargo desconsuelo.—¿Y crees que gozan de Dios?...
—Los que fueron buenos, como lo es mi padre, gozará de El por los siglos de los siglos—afirmó Daniel con el acento de una convicción profunda.—No, no llenaréis con nosotros vuestro horrible infierno cristiano.
—Siempre me he resistido á creer en el infierno—dijo Gloria con el espanto pintado en sus ojos;—mas ahora se me figura que va á existir sólo para mí esa caverna llena de llamas. ¡Oh, qué horrible confusión en mis ideas! Si no hay infierno, para nosotros dos, para tí y para mí solos creará Dios uno, Daniel... Pero no, yo me salvaré y te salvaré. Merezco arder en el eterno fuego si no te salvo... Daniel, Daniel, abre tus ojos, ven á mí.
—Del modo que tú quieres que vaya es imposible—afirmó el extranjero con sombría resolución.