—¡Oh, no mezcles el nombre de Dios á esto... no lo mezcles!

—Yo digo: «¡Tu justicia, como los montes; tus juicios, abismo grande, oh Jehová!...» Obra de Dios es este conflicto supremo. El amor vivísimo que á entrambos nos inflama obra suya es. Maldigamos... pero ¿á quién hemos de maldecir? A Dios no es posible; á nuestro amor tampoco... Maldigamos á las edades de quienes esto es obra perversa.

—Maldice á tu raza que, sacrificando á Jesús, se imposibilitó en conjunto para la redención...—dijo Gloria con brío.—No creo en tu confesión, porque tu alma está á obscuras. Huye de mí. El mismo amor que te tengo, y que no puedo vencer, aumenta mi horror.

—¡Oh, Gloria, Gloria!—exclamó lleno de dolor el hebreo,—no consientas en ser inferior á mí, porque yo aborrezco el catolicismo, y á tí te venero; porque sé distinguir entre tu falsa creencia, que desprecio, y tú misma, á quien pongo sobre todas las cosas de la tierra. Entre los ángeles de la luz has sido escogida. Me glorío en tí, y si fueras mi esposa, ninguna mujer existiría en la tierra, ni más venerada, ni más amada.

—¡Yo tu esposa, tu esposa yo...! ¿qué dices?—gimió Gloria.—¡Yo también soñaba eso, Dios poderoso, y lo soñaba creyéndolo posible! ¡Cómo había de sospechar este horrible conflicto! Dios me ha desamparado, Dios me ha abandonado para siempre.

—Si el tuyo te deja—dijo Morton corriendo hacia ella,—el mío te recoge. «¡Tus juicios, oh, Jehová, abismo grande!»

—Déjame—gritó Gloria huyendo de él.—No me toques.

Pero no pudo impedir que Morton la estrechara entre sus brazos. Trémula y sobrecogida, Gloria se arrodilló, y abrazándole los piés, gritó con voz dolorida:

—¡Daniel, Daniel, mírame de rodillas ante tí; mírame deshonrada, perdida para Dios y para el mundo! Por el amor que te tengo, por el honor que perdí, por el respeto á Dios y el instinto del bien que hay en tu alma, te suplico que me saques de este infierno. Hazte cristiano; lava tu alma, y con tu alma mi deshonra. Has hecho una ruína espantosa; repárala. Quizá sea esto un aviso del cielo. Un gran pecado ha abierto á muchos los ojos... Conviértete, si me amas, sé cristiano, adora esa cruz, y verás cómo sientes sublimado tu espíritu, verás cuán pronto se llena del verdadero Dios.