—¡A Gloria!—exclamó D. Juan lanzando un grito.

—A la señorita Gloria—afirmó el judío cristiano. Ella es buena, no lo dudo; pero está en la edad de las pasiones... No encuentro yo vituperable que las muchachas tengan novio, es muy natural; pero al menos que le escojan católico.

—Don Juan, ¿qué farsa es esa?—dijo Lantigua poniéndose tan amarillo como su interlocutor.

—¿Me cree usted capáz de decir una cosa por otra, de faltar á la verdad y de mortificar inútilmente á un amigo? Cuando me atrevo á hablar á usted, Sr. de Lantigua, es porque el hecho es cierto, ciertísimo. Gloria ha tenido entrevistas con Daniel Morton.

—¿Dónde... cuándo?—preguntó Lantigua, cambiando del amarillo enfermizo al rojo sanguíneo.

—En los pinos... hace pocos días... Con decir á usted que mi esposa lo advirtió primero, y que después lo ví yo con mis propios ojos... Como se dijo que Morton partía, yo me callé; pero al oir al señor obispo que le había visto entrar en Ficóbriga, me alarmé y dije: «Pues no pasa de esta tarde sin contarle todo al amigo D. Juan.»

—¡Por vida de!...—exclamó Lantigua, cerrando los puños y apretando los dientes,—que si no fuera verdad lo que usted me cuenta... ¿Quién lo ha visto, quién?

—Mi esposa y otras personas de la villa. Morton venía á caballo de la capital de la provincia, y dando un rodeo por los prados de la Pesqueruela para no entrar en Ficóbriga, iba á los pinos, donde le aguardaba...

Después del primer arrebato, vacilante entre la incredulidad y la alarma, Lantigua cayó en estupor profundo. Sintió un dolor agudísimo en el corazón, y no pudo decir palabra. Parecía que le habían arrancado de repente la ilusión de toda su vida, y quedóse como el santo árabe Job, cuando llegando un criado le dijo: «Tus hijos y tus hijas estaban bebiendo en casa del primogénito. Y hé aquí un gran viento que vino del lado desierto, é hirió las cuatro esquinas de la casa, y cayó sobre los mozos y murieron, y solamente escapé yo para traerte las nuevas.»

Pero D. Juan no rasgó su levita, ni trasquiló su cabeza, ni cayó en tierra; antes bien, reponiéndose algo de la sorpresa, si bien no de la pena, decía luégo para sí:—Es mentira, es mentira.