Cuando el coche estuvo preparado en el Soto de Briján, arreció de tal modo la lluvia, que fué opinión general esperar á que pasase la turbonada. Los caminos estaban intransitables, y el cochero de Lantigua, así como el del breck, aseguraron que sería milagro llegar á Ficóbriga sin que se rompiese alguna ballesta.

—No importa—manifestó D. Juan.—Vámonos.

Pero en el mismo instante se dijo:

—El puente de Judas se ha quebrantado y no puede pasar ningún coche.

—Hoy es día de desgracia—gruñó D. Juan hiriendo el suelo con el pié.—¡El puente quebrantado! Vean ustedes lo que son nuestros ingenieros... ¡Qué Gobierno! Con el dinero que se gastó en ese puente de palo, se podrían haber hecho dos de sólida piedra.

—No hay más remedio que tener paciencia—dijo Su Ilustrísima con tranquilidad.

—No hay más remedio que marcharnos á pié—añadió D. Juan.—Es calamidad... Ni siquiera tenemos paraguas.

—¿Pero tú estás loco? ¿A dónde vas?—manifestó D. Angel deteniendo á su hermano.

—¡Por Dios! D. Juan... no parece sino que arde la casa.