Gloria se echó á reir.
—Dos días después fuí á casa de mi amiga. El pájaro había volado. Ficóbriga y siempre Ficóbriga. Aborrezco á este pueblo.
—¡Aborrece á este pueblo!
—No, ahora no—respondió con viveza el de las gafas.—Es un paraíso este lugar. Por desgracia el asunto de las elecciones me entretendrá poco más de dos semanas... ¡Qué dulce es vivir aquí, tan cerca de usted, Gloria!... Parece un sueño, y sin embargo, es verdad... ¡Verla á usted todos los días, á todas horas...!
—El honor es para nosotros, Sr. del Horro. Pero dispénseme usted... Voy á mandar que bajen los azucarillos... ¡Francisca, pero Francisca!...
IX
Recepción, discurso, presentación.
El joven entró en la casa. Estaban allí además de los dos hermanos Lantigua, el doctor López Sedeño, secretario de Su Ilustrísima, el paje del mismo, D. Juan Amarillo, el cura y el alcalde de Ficóbriga, los tres indianos y D. Bartolomé Barrabás, que á pesar de la firmeza de sus ideas republicanas, no vacilaba en tributar respetuoso homenaje á la principal gloria de Ficóbriga, aunque tal gloria estuviese representada en un príncipe de la Iglesia.
El cura de Ficóbriga, D. Silvestre Romero, que era un hombre proceroso, fornido, de fisonomía dura y sensual como la de un emperador romano, pero muy simpático y francote, dió comienzo, no sin turbación, á un discurso que preparado llevaba, y del cual la historia, muy negligente en esto, apenas conserva algunos párrafos.