Su tono indicaba una resolución tan firme que nadie se atrevió á contradecirle. El obispo, empezando á participar de la inquietud de su hermano, añadió:
—Pues yo me voy también.
—Iremos por Villamojada—indicó D. Juan.
—¡Qué temeridad!—dijo D. Silvestre en voz baja al joven del Horro.—Cuando á este D. Juan se le mete una cosa en la cabeza... Y no está nada bueno. ¿No ve usted qué color se le ha puesto? Tiene calentura.
XXXIX
El rayo.
Gloria y Daniel Morton, habiendo sentido pasos, temblaron. Ni uno ni otro se atrevieron á moverse. Ninguno de los dos pudo articular una sílaba. Contenían el aliento. Ambos deseaban ser aire impalpable é invisible para desaparecer.
De repente la puerta abrióse y apareció D. Juan de Lantigua. Gloria lanzó un grito terrible. No se sentirá mayor espanto cuando se oigan las trompetas del juicio, y aparezca entre inflamadas nubes el que ha de venir á juzgar á los vivos y á los muertos.
Don Juan avanzó hacia su hija con el brazo levantado; pero como si faltara la tierra á sus piés, cayó violentamente al suelo, exhalando un gemido. Su venerable cabeza cana rebotó contra el suelo.