—Aquí está nuestro heróico joven, nuestro valiente soldado. Señores y amigos míos, saluden ustedes al benemérito campeón de los buenos principios, de las creencias religiosas, de la Iglesia católica, y al perseguidor del filosofismo, del ateísmo, de las irreverencias revolucionarias. ¡Gloria á la juventud creyente, fervorosa, llena de fe y de amor al catolicismo!
Don Rafael del Horro, inclinándose con modestia, balbució algunas palabras en protesta de aquellos elogios.
—Cuando la juventud—añadió el prelado,—se entrega á los vicios de la inteligencia y se corrompe con perniciosas lecturas, este joven aspira al honroso nombre de soldado de Cristo. La Iglesia pelea allí donde la provocan al combate. ¡Ah, señores! No es vana cortesanía lo que sale de mis labios, sino admiración por su valiente espíritu, por su animosa decisión en pro de la combatida Iglesia, por la constancia con que persigue, acosa y anonada la pícara fracmasonería y el materialismo, por su elocuencia y su enérgico estilo literario, prendas todas que han sido armas poderosas de la causa de Dios en el período que acaba de pasar...
—¡Ah!—exclamó D. Juan Amarillo, haciendo un saludo pomposo,—ya sabemos que el señor es un gran orador y un gran periodista.
Don Silvestre Romero abrazó con efusión á Rafael del Horro. Eran antiguos amigotes, y en cierta ocasión, como el joven orador y publicista necesitase un buen corresponsal en Ficóbriga, brindóse á desempeñar este cargo el cura, enviando unas cartas muy saladas que no dejaban nada que desear.
Mientras duraron las felicitaciones, don Bartolomé Barrabás, que era el demagogo de la localidad, no se atrevió á decir una palabra en pro de sus perversas doctrinas, y aunque el cura y Amarillo dejaron caer alguna punzante cuchufleta sobre la persona del filósofo de aldea, este no creyó prudente empuñar las bien afiladas armas de su dialéctica en aquella ocasión. El respeto á D. Angel ponía una mordaza en sus labios. Y tan bien pagó el noble prelado esta prudencia, que como D. Silvestre aludiera claramente al demagogo, diciendo que también Ficóbriga estaba tocada de pestilencia, habló de esta manera:
—No me toquen á D. Bartolomé, que espero convertirle, puesto que su corazón es bueno, y estos desvaríos no perderán su alma, si llegamos á tiempo.
Barrabás se inclinó dando las gracias. Por decir algo, dijo:
—Y según la prensa, el Sr. D. Rafael del Horro viene á trabajar en las elecciones.