Después de sonreir, prosiguió así:
—Sin duda sospechas quién es el hombre á quien tengo por el más á propósito para ser tu esposo. Hay un joven cuyo carácter, talentos no comunes y costumbres cristianas son una excepción entre todos los de su clase y de su edad, como lo eres tú entre las niñas de estos tiempos. Ese mozo, ¿necesito nombrarle?, es D. Rafael del Horro... En verdad que si no descollase por sus virtudes tanto como por su talento, se habría dirigido á tí y te habría mareado la cabeza con boberías de novela, contrarias á la moral cristiana y que, aun cuando los fines sean buenos, dejan siempre germen de vicio y concupiscencia en el alma. Cuerdo, sensato, honesto, respetuoso contigo y con nosotros, se ha abstenido de demostraciones apasionadas. En Madrid, y aquí mismo, me ha confesado que siente hacia tí una afición purísima y santa, y que se considerará felíz si le das el nombre de esposo.
Gloria, más incapáz entonces que nunca de pronunciar una palabra, trazaba con la punta de la sombrilla rayas horizontales sobre el piso de arena.
—Si fuese preciso enumerarte los méritos de Rafael, hija mía—agregó D. Juan,—te diría que, entre todas las personas que conozco, no hay ninguna que más me cautive por la valentía de sus convicciones, por el entusiasmo con que ha consagrado su juventud á la defensa de una causa perseguida por los malos, por su honradéz, laboriosidad y formalidad, prendas todas que no suelen ser adorno de los jóvenes, sino de hombres sesudos y maduros, ya templados y hechos á la vida por el trabajar de los años.
Gloria, después que trazó sobre la arena regular número de líneas horizontales paralelas, empezó á trazar otras perpendiculares, que formaban enrejado con las primeras.
—En este último período, Rafael ha conquistado la admiración y la gratitud de todos los que vivimos perseguidos. Su talento y su valor para luchar solo contra los verdugos de la Iglesia me han recordado al gran Judas Macabeo; sólo que aquél trabajaba con la espada y éste con la lengua y la pluma. Admirables triunfos le debe la Iglesia en sus relaciones temporales, gratitud eterna los pobres eclesiásticos perseguidos, que no pueden ir á defenderse á los antros de herejía ni subir á la cátedra de las blasfemias. Pero como la verdad necesita órganos en todas las esferas, en la de estas mundanales luchas tiene la Iglesia buen número de piadosos seglares que la defienden, la amparan y son un valladar firme contra las amenazas de los impíos.
—¡Una caterva de pícaros!—dijo Gloria, que encontrando al fin coyuntura á propósito para decir algo, no quiso dejarla pasar.
—Tal vez en su conciencia no sean tan malos como dicen—indicó D. Juan;—pero ello es que Rafael sabe entenderles... ¡Pobre joven! Cuando me reveló, respetuosamente por supuesto, la casta afición que le has inspirado, sentí mucho gozo. «Puesto que mi hija no ha de ser monja, dije, ya le encontramos el compañero de su vida...» No he querido contestarle nada hasta saber lo que piensas acerca de esto.
Gloria empezó á trazar rayas diagonales en el enrejado.
—Mis ideas en esto son, hija, que al matrimonio debe preceder una elección libre del corazón, previo el consejo de las personas mayores. Pero si admito el consejo y á veces la oposición á inconvenientes afectos de las niñas, rechazo la violencia y la imposición para realizar el gusto, á veces equivocado, de los padres. Esto suele ser causa de matrimonios desgraciados y pecadores. Si á pesar de las prendas rarísimas de Rafael, no sientes inclinación á darle tu mano, nada de hipocresías, nada de violencias. Si le has tratado poco y te es indiferente, como creo, un trato decoroso te revelará los tesoros de su corazón bueno y recto. No confundas los arrebatos de un día con el afecto tranquilo y que ha de durar toda la vida, reflejo del amor puro y reposado que tenemos á Dios.