XIII
Llueve.

Tales pensamientos duraron poco en la mente de Gloria. Como mudan las corrientes en la esfera del mundo, volviéndose del Norte al Sur, así las ideas de ella marcharon con rumbo distinto, se dijo:

—No, yo no puedo querer á ese hombre. Hay en él algo que me repugna, sin poderme explicar lo que es.

Aquella tarde, que era la del 23 de Junio, víspera de San Juan, fueron todos á la Abadía. D. Angel la recorrió toda para ver las composturas hechas en algunos altares, los nuevos vestidos con que había sido obsequiada la imagen de la Virgen, y los ornamentos de plata Meneses recién comprados por suscripción entre los fieles de Ficóbriga. Examinólo bien el obispo, y sobre cada pieza dió su dictamen con mucho acierto. Después de orar un rato, salieron para dar un paseo. En el atrio, Su Ilustrísima dijo:

—Daremos un paseo por la playa si les parece á ustedes.

Don Juan, el doctor Sedeño, Rafael y el cura accedieron muy gustosos.

—Veremos llegar las lanchas—indicó el cura, poniéndose la mano á guisa de pantalla ante los ojos para mirar el mar.—Hoy vendrá buena sardina... Hola, está picada la mar.