Después de atravesar un puente de madera, que sumerge en el fango salobre sus podridos pilotes, subimos una cuesta (casi estamos ya en Ficóbriga), desde la cual se ve la ría, dando vueltas como si no supiera á dónde dirigirse, ni dónde está el mar que la espera, metiéndose en todos los charcos de las marismas, cuando hay marea, y huyendo de ellas á prisa desde que empieza la baja. Escaso número de buques navega en sus pobres aguas, y sabe Dios el trabajo que les cuesta dar dos pasos dentro de aquella angosta callejuela, cuando se duerme el viento y la corriente empuja hacia la peligrosa barra.

Las primeras casas (por fin llegamos, señores), son miserables; las segundas también. Es Ficóbriga una villa de marineros y labradores pobres. Algunos indianos ricos duermen sobre sus lauros comerciales en media docena de viviendas pulcras y cómodas. ¡Qué calles, santo Dios! Las humildes casas estrechas y sucias no se caen al suelo por no dar qué decir, y de sus indescriptibles balconajes penden redes, vestidos azules, húmedos capotes y mil suertes de descoloridos harapos, así como de sus caducos aleros cuelgan panojas en racimos, pulpos puestos á secar y rosarios de cebollas.

Pasamos por delante del Consistorio, sito en el fondo de la plaza, enfáticamente convencido de que es digno de ser visto; pasamos cerca de la Abadía, huraña vieja que se esconde entre casuchas tan viejas como ella, formando el más deplorable corrillo arquitectónico, y después de dar vuelta á la villa, volvemos al extremo de ella sobre la ría, por donde entramos. En dicho sitio hay una plazoleta, sombreada por dos acacias y un álamo verrugoso.

En la plazoleta (miradla bien porque ahora comienza nuestra historia) hay una casa; mejor sería llamarla palacio, porque su aspecto en medio de tan ruín pueblo es verdaderamente magnífico. Compónese en realidad de dos edificios, el uno viejo y decorado con hiperbólicas piezas heráldicas; nuevo y bonito y casi artístico el otro, no menos elegante que las llamadas villas ó cottages en el lenguaje á la moda. Adórnalo por sus partes de Mediodía y Levante hermosísimo jardín de pinos de Alepo, floridas acacias, plátanos, magnolias, coníferas de varias clases, por entre cuyas ramas se ven las cinco ventanas del piso principal. Variada muchedumbre de arbustos, entre cuya frescura descuellan camelias como árboles, recortados mirtos, tamarindos, rosales y un pueblo inmenso de pensamientos, geranios, imperiales y otra gente menuda, se ve por los huecos de la verja de hierro, allí donde no lo impiden las oficiosas enredaderas, tan cuidadosas siempre de que el transeunte no se entere de lo que pasa en el jardín.

Esta mansión encantadora está situada en punto desde el cual se domina el mar por el Norte, la extensión toda de la accidentada costa y la ría con su puente por el Este, Ficóbriga por Poniente, y por Mediodía el campo y las montañas. Rodéala vegetación umbrosa y florida, y la bañan benéficos aires. Es vivienda hecha para el amor egoísta, ó para las meditaciones del estudio. ¡Qué dicha para el alma tocada de amor ó de las anhelantes curiosidades de la ciencia encerrarse en tan deliciosa prisión, buscando al modo de aparente muerte para el mundo y vida inmensa para ella sola!

La casa es de esas que detienen al viajero y le dicen: «¿á que no aciertas quién vive en mí?»

Silencio: ábrese una de las persianas verdes que dan al jardín por el lado de las montañas. Hermosa mano rápidamente la empuja; se mueve la cortina, dejando ver una cara de mujer. Sus ojos negros exploran durante un rato todo el paisaje, y si la luz va lejos, ellos van más. Su rostro indica con rasgos infalibles la ansiedad del que espera y las penosas inquietudes de un pensamiento ocupado por entero con la imagen de la persona que no quiere venir.

Miramos nosotros también hacia los montes y no vemos más que montes. La graciosa joven desaparece, y al poco rato torna á presentarse y á mirar, más impaciente cuanto más tiempo pasa. Diríase que sus audaces ojos quieren ver lo que hay detrás de las montañas... Pero en los remotos caminos no aparece aún cosa alguna con forma de hombre ni de bruto, y ella se inquieta primero, se fastidia después. No sólo está impaciente, sino enojada, y del enojo pasa á la cólera, y de la cólera á la desesperación.

Esta linda casa, que tiene el inmenso interés de toda vivienda á cuya ventana se asoma un semblante hermoso; esta mujer graciosa, estos ojitos negros que buscan y no hallan, se enfurecen y echan rayos insolentes contra una parte de la creación... ¡Oh! por aquí anda el amor.

¡Adentro!