—Esto que hemos hecho—dijo D. Juan,—no merece ni alabanza ni agradecimiento. Es lo más sencillo y fácil que nos ha mandado Jesucristo... Pero usted tomará algo. Gloria, haz preparar una buena colación para este caballero. Ya comprenderás que no debe tomar cosas pesadas.
XX
El santo proyecto de Su Ilustrísima.
El sol apareció seis veces por encima del gallardo pico de Monteluz, junto al mar; seis veces se hundió tras de la Cotera de Fronilde, vistiendo de púrpura las montañas, y en la casa de Lantigua no ocurría nada digno de ser contado. Unicamente ocuparon los ociosos ratos fervientes elogios de la acción heróica de D. Silvestre, comentándola quier por el lado humano, quier por el divino, y poniéndola todos en las mismas nubes como en realidad merecía; resultado portentoso, al decir de D. Angel, de la fe cristiana y de la hercúlea constitución física que debía el gran Romero á la bondad de Dios.
La noticia corrió por toda la provincia, que tiene el honor sumo de sustentar en su risueño suelo á la excelsa Ficóbriga, y llegó hasta Madrid, llevando camino de pasar después á Londres, como en efecto pasó.
Orgullosísimo estaba D. Silvestre, y aquellos días tenía una cara como el sol resplandeciente, y sin cesar repetían sus labios el trance sublime, pintando en términos tan vivos la furia del borrascoso mar, que los oyentes creían verlo. Daniel Morton gustaba más que ninguno de oir contar al Sr. Romero la historia toda del naufragio y salvamento milagroso, y no sabía de qué manera mostrarle su agradecimiento, pues no bastaban las manifestaciones de una amistad profunda que debía durar tanto como la vida.
El extranjero sacado de en medio de las aguas no había podido aún dejar el cuarto que le fué destinado, pero recibía frecuentes visitas de todos los habitantes de la casa, que le trataban con muchísimo agasajo y cariño. El por su parte merecía bien tantas atenciones, porque era de lo que no hay en punto á caballerosidad y cortesía. Bien pronto conoció D. Juan que había dado albergue á una persona bien nacida, de trato muy afable, de carácter noble y recto, delicadísima y adornada con instrucción tan vasta, que en casa de Lantigua todos estaban atónitos.
—¡Cómo se conoce que es un cumplido caballero!—manifestó D. Juan á su hermano cuando los dos, juntamente con el doctor Sedeño, tomaban chocolate, después de volver de la Abadía, donde el prelado decía misa diariamente.
—Es verdad. Me agrada en extremo—dijo el obispo.—¡Lástima que sea protestante!