—¿Lo has pensado bien?

—Lo he pensado bien, y no puedo, no puedo de ningún modo querer...

—¿Podrías darme alguna razón?—dijo don Juan, mostrando un sentimiento extraño que sólo podría llamarse severidad benévola.

—Una no, mil—replicó Gloria con su natural propensión á la hipérbole.

—Con una me contento. ¿Has considerado bien las prendas de ese joven?

—Sí, y he visto que es un sepulcro blanqueado.

—Mira bien lo que dices.

—¡Ah! usted mismo no tardará en reconocerlo. No es oro todo lo que reluce. Verdad es que para mí nunca ha brillado el D. Rafaelito sino como hojalata.

—¡Qué manera de juzgar!—observó don Juan.—¿Acaso tú, una chiquilla, puedes juzgar...? Pero silencio, que viene aquí.