—Entonces...

—¡Dios!...—repitió Mundideo.

—¡Dios!... Dios no da dinero así á lo bóbilis bóbilis.

—Eso mismo creía yo. No me negará usted que Dios da á todos el pan de cada día.

—No lo niego.

—Pues á mí me ha dado de un golpe el pan de un año, el pan de toda mi vida. Yo me puse de rodillas en esa tierra y exclamé: «Señor, tú dijiste: pedid y se os dará, pues bien, Señor: ¿cómo es que yo te pido y te vuelvo á pedir y nunca me das nada?» No habían pasado diez minutos desde que lo dije, cuando... ¡milagro, milagro!

—Me estás engañando. Enséñame tus pagarés devueltos por D. Juan Amarillo.

José penetró corriendo en la casa. Sildo y Paquillo se habían alejado. Gloria se quedó sola con Celinina, cuyo nombre era abreviatura y diminutivo de Marcelina.

—¿Quién ha estado ayer aquí?

—Un babero—repuso la niña.