—No... tía, ¡por amor de Dios!—exclamó la joven rechazando con rubor aquel servicio.—¡Usted de rodillas delante de mí, usted como una criada!
—Así comprenderás la humildad—dijo Serafinita.—¿Qué importa que yo sea tu criada? Debemos creernos siempre inferiores á los demás. La mejor manera de conservar la humildad es creer que todos valen más que nosotros.
—No, no lo puedo consentir.
—Me causarás pena si te opones á que te sirva, querida hija. Déjame. Es mi gusto. Tú necesitas de mi auxilio porque estás fatigada, pobre y desgraciada niñita.
—En fin, entre las dos saldremos del paso.
Gloria procuró vencer su cansancio, y al fin reposó en su lecho, del cual había salido tres horas antes. Los gallos cantaban más fuerte, anunciando la proximidad del día.
—¿Quieres tomar algo?
—No, querida tía, gracias.
—¿Tienes sueño?