—No, espero de usted que me hará el favor de recibirme en su casa, á donde iré mañana mismo.
—Tanto honor...
—El honor será mío al visitarla á usted y á su señor esposo en su propio domicilio. Además, ya he dicho á usted que me gusta relacionarme con las personas principales de una población. Lo mismo he hecho en Roma, Colonia, Munich, San Petersburgo... Esto me ha proporcionado preciosas amistades en todos los países.
—En Ficóbriga, señora mía—afirmó Teresita,—hallará usted una sociedad escogida, aunque modesta.
La Gobernadora demostró con sus movimientos de cabeza que estaba penetrada de aquella verdad; pero no dijo nada. Hablóse luégo de cosas indiferentes, del tiempo, de la primavera; de las cosechas y frutos del país. A los veinte minutos de visita, Teresita y su amiga se levantaron para retirarse, diciendo que no querían molestar, porque madama Esther necesitaría descanso. Esta las convidó á tomar té; pero ellas amablemente se excusaron, y despidiéndose, internáronse en la casa.
La algazara de las tres mujeres cuando se hallaron solas á puerta cerrada en el comedor no puede describirse. Teresita echó atrás su manto, porque la vanidad, tomando forma de incendio en su interior, la sofocaba.
—¡Qué afable y discreta señora!
—¿Quién diría que no es cristiana?
—Mañana irá á mi casa. Necesito preparar á Juan, no sea que cometa una gansada... No se debe llevar el puntillo de religión á tales extremos. ¡Qué tontería! Una persona puede tener sus creencias allá como Dios le da á entender, y ser buena y amable... No vamos á tirar piedras por la fe... Sería una falta de civilización... Bien dicen que este país está muy atrasado.
—Teresa—dijo la Gobernadora.—¿Viste el brillante que lleva en el dedo de la mano derecha?