—Tú lo sabes bien. Hay aquí una víctima inocente, una mujer dotada de las más altas y bellas cualidades, y adornada con los atributos de los ángeles. Está en mi mano levantar á esa alma superior del lodazal en que yo mismo la arrojé con vileza, y debo hacerlo. El universo entero, el Dios de todos los hombres me ordena que lo haga. Esto es como la luz, madre. Si no lo comprendes, dí que estás ciega; pero no niegues la luz.
Esther, sentándose en su asiento é inclinando la frente, cayó en meditación profunda.
—¿Callas, madre, callas?—dijo Morton después de una pausa.—Te he convencido.
—Mas para abrazar una religión es preciso creer en ella—objetó Esther.—Esto no puede depender de un capricho amoroso. ¿Crees en Jesucristo?
Daniel repuso lúgubremente:
—Debo y quiero ser cristiano.
—Te avergüenzas de decirlo claramente, te avergüenzas de decir creo en Jesucristo, porque tu conciencia te grita más alto que tu flaca razón, clamando contra esta apostasía deshonrosa. Daniel, Daniel, ¿qué has hecho del amor inmenso de tus padres, qué de la santa Ley que te enseñaron desde la cuna, qué del recuerdo de tus venerables antepasados, en cuyo nombre estuvieron vinculados el amor y el prestigio que restan á la raza judía? ¿Qué has hecho de esto, loco? Hemos conservado hasta ahora, al través de tantos siglos, la dignidad de nuestra desgracia, hemos dado á todos los hebreos del mundo un ejemplo de constancia, de firmeza, de rectitud, en medio de las mil desgracias de nuestro pueblo; y ahora, tú, el que parecía nacido para enaltecer más y más todavía nuestro nombre; tú, mi hijo, el amado entre los amados, el predilecto de Dios y de los hombres, todo lo desprecias, todo lo pisoteas, nombre y familia, tu pobre raza sin patria, la Ley santa, tan antigua como el mundo, esa Ley y esa tradición, Daniel, que existen desde que el primer hombre abrió sus ojos á la luz acabada de hacer... No, no te conozco, no eres tú mi hijo. Un hijo mío moriría cien veces antes que arrodillarse delante de un sacerdote cristiano, y español por añadidura, y proclamar al Cristo en la misma tierra que impíamente nos echó de sí, como á séres inmundos. ¡Tú sabes cuánto, cuánto aborrezco á este país! El país que á mis abuelos inspiraba un recuerdo melancólico como de patria perdida, á mí me ha inspirado siempre aversión, horror. ¡Y en él abjuras y nos abandonas!... ¡Inícua traición! Si cuando te tenía en mis entrañas, me hubieran dicho lo que ibas á hacer, en ellas te hubiera ahogado.
Esther hablaba con la inspiración de la ira. Se había levantado. Movida de su primera posición la pantalla, caía de lleno la luz sobre la madre, y su sombra, agrandada por la distancia, gesticulaba en la pared cercana. Las sombras de los dos iracundos brazos, movidos sin cesar, corrían á veces por el techo como grandes aves, á veces se deslizaban por el zócalo entre los muebles, como cuadrúpedos que buscan un rincón. Daniel había quedado en la obscuridad. Desde ella, cual de un abismo á donde se acaba de caer lanzado por el enemigo vencedor, envió estas débiles palabras:
—Madre, me has hablado de honor, de vergüenza, de familia; en fin, me has dado razones sociales, no religiosas. De todo me has hablado, menos del fuego eterno.