—¿Verdad que no hay esperanzas?—dijo Esther.
—Ninguna. Mañana partirá Gloria para Valladolid con mi hermana.
En la pieza inmediata habían cesado los susurros del alcalde, Sedeño y Romero; los tres atendían.
—Salgamos de aquí—dijo Esther con impaciencia tomando el brazo de su hijo.
—Todo ha concluído—repitió el banquero abrumado de pena.—Dios no quiere, no quiere, porque en verdad... se ha hecho todo lo que se ha podido.
Daniel se levantó. Parecía que llevaba encima todo el peso del mundo.
Esther y su hijo salieron. Ella iba como quien va á la patria, él como quien marcha al destierro. Al poner el pié en el jardín, el hebreo se estremeció de piés á cabeza sintiendo una voz... Era la voz de Gloria que reía. Nunca había oído Daniel aquella hermosa voz desplegarse en risa semejante.
—Adelante; no te detengas—dijo Esther guiándole como el lazarillo al ciego.—Ya estamos en salvo.
Unos cuantos pasos más, y salieron del jardín en cuya puerta estaba Sansón, como gigante de centinela en el pórtico de un castillo de hadas.