Don Buenaventura salió del cuarto para anunciar al hebreo que la resolución de la huérfana era irrevocable.

—Irás al convento cuando te repongas un poco—dijo el prelado.—Tu salud no es buena ¡pobre y desgraciada niñita! No puedes ocultar que padeces mucho. La resolución heróica que has tomado, esta resolución que bastaría, por la inmensidad del sacrificio que encierra, á aligerar tu alma del peso de las más grandes culpas si las tuvieras; esta grande y meritoria abnegación que con asombro hemos presenciado, no puede menos de producir un gran trastorno en tu ya decaída salud. ¡Oh! ¡qué hermosa y grande me has parecido! Bien conozco el estado de tu alma; bien sé que si no está limpia aún del tenebroso amor que la ha obscurecido, háse purificado de toda intención pecaminosa. Bien sé que en ella todo es rectitud, deseo de enmienda, afán de poseer á Dios, anhelo de humillación y de padecimientos. Y si no lo creyera yo así por la confesión que me has hecho, bastaría el acto que acabamos de presenciar para creerte regenerada. Y si ya no te lo hubiera dicho, ahora te diría con todo mi corazón: «Levántate: todos tus pecados te son perdonados. Yo te bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.»

Gloria humilló su preciosa cabeza, sobre la cual el apóstol puso su santa mano.

—Por una circunstancia estimo meritoria y sublime tu determinación—añadió dejando el tono evangélico.—Tú afirmáste no creer nada de lo que la madre de ese hombre nos dijo.

—¿Cómo he de creerlo? Al punto comprendí que era una farsa.

—Pues si le crees bueno y honrado (y en eso no sé qué decir, pues tengo mis dudas); si al mismo tiempo le veías próximo á abrazar tu religión; si todo se te presentaba propicio, todo lisonjero, ¡qué grande has sido al decir: «renuncio á todo, desprecio todos estos bienes temporales y transitorios, y quiero perderme por salvarme, quiero dejarlo todo por tí, Dios y Señor mío!»

—Antes moriré que poner discordia entre una madre y un hijo—dijo Gloria mirando al cielo.—Además, no creo en la sinceridad de su conversión, y el camino escogido aquí para traer esa alma preciosa al reino de la verdadera luz, no es el más á propósito. Hay otro mejor.

—Sí, hay otro, el único—indicó Serafinita con místico arrebato, tomando una mano de Gloria y estrechándola contra su pecho.

—El será cristiano—afirmó Gloria con emoción.

—Será cristiano—repitió la predicadora.