—Voy á llamar.
—No, te ruego que no llames. No necesito nada. Estoy muy bien. Me siento ahora como nunca. Pero díme, ¿estamos solos?
—Enteramente solos... ¿Por qué no duermes, alma mía?—le dijo el hebreo abrazando con pasión su hermosa cabeza.
—A eso voy, querido—replicó ella con festiva confianza.—Y te aseguro que tardaré un ratito en despertar.
—Espera; llamaré á esa mujer—repitió Morton cada vez más inquieto.
—Si la llamas me voy á dormir á mi casa—dijo Gloria deteniéndole por un brazo.—Para el mal que yo siento, tu compañía sola y la de este niño es la medicina mejor.
—¡Oh, qué benditas palabras estás diciendo!—exclamó Daniel trastornado de júbilo y emoción.—¡Y siendo como eres no puedo llamarte mi esposa! Esto es un crimen, un crimen horrendo, del cual Dios, tu Dios ó el mío, cualquiera de ellos, nos ha de pedir cuenta en la otra vida.
—Ves esto con mirada baja y pequeña. Yo llevo la idea de nuestros desposorios por caminos más altos. Tú lo verás cuando seas salvo, y entonces me darás las gracias, pobre ciego... Pero díme, ¿estamos en efecto solos?
—Solos. ¡Ay, si pudiéramos estar así toda la vida, si pudiéramos huir, romper con todo el mundo, labrarnos un mundo para nosotros...! Si pudiéramos gozar de esta grata soledad perpétuamente, ¡cuán pronto, querida mía, derribaríamos los vanos altares en cuya piedra nos han degollado, y levantaríamos en su lugar otro, uno sólo para los dos!
—Eso sucederá cuando tú vengas á Jesucristo—repuso la joven con alegría.—Yo estaré entonces muy lejos; pero por grande que sea la inmensidad infinita, te reconoceré en ella y te daré la mano.