Su espíritu aleteaba entre el cielo y la tierra.
Daniel la besó ardientemente intentando reanimar, con el calor de su boca, aquel hermoso cuerpo, que iba cayendo en el frío abismo de la muerte. Abrió Gloria los ojos, y su mirada parecía una resurrección, porque puso en ella toda la expresión, toda la vida, todo el sentimiento y la gracia de sus más felices días. Al mismo tiempo sonreía. La que había sido gala de la tierra y regocijo de la humanidad, se detenía aún en la puerta del cielo, y vuelta hacia el valle de lágrimas, le consagraba su última mirada y su sonrisa última, como el desterrado que ha tomado cariño al país de su destierro y desde la frontera de su patria lo contempla.
Elevando entonces los ojos al cielo, y enlazando sus manos con las del autor de su desgracia, exclamó:
—Creo en Dios, en mi alma inmortal, inmerecedera del bien si Jesucristo no la hubiera redimido del pecado original; creo en Jesucristo, que murió por salvarnos, en el juicio final, en la remisión de los pecados...
Con los labios, con el corazón que se le partía de dolor, y expulsando el juicio de sí en aquel instante supremo, Daniel replicó:
—También yo creeré todo lo que tú crees.
La moribunda hizo un esfuerzo por incorporarse, murmurando:
—En Jesucristo.
—También—dijo Morton, creyéndose el más cruel de los hombres si no lo decía.
—En el único Dios—añadió ella.