—Hace bien—afirmó la del Rebenque.—Su vergüenza es mucha.

—¡Qué mimitos!... ¿También tiene vergüenza de venir á la Iglesia? ¿No está ya convencida de que no puede casarse?... ¿A qué aspira?... ¿Piensa que en Ficóbriga se le seguirá teniendo el amor que siempre merecieron los Lantiguas?... ¿Creerá conservar la respetabilidad del difunto D. Juan, á quien mató con sus liviandades?... Por supuesto que la niña conservará su orgullito, y cuidado cómo se pone en duda que es la primera persona del pueblo...

—¿Y no ha salido aún?

—Ni siquiera al jardín. Se levanta á las seis... toma chocolate... se peina... Yo lo observo todo desde mi ventana alta. Lee en dos ó tres libros... trabaja en costura... va á la biblioteca de su padre... vuelve... se acuesta temprano... le suben la comida... no habla casi nada... ¡Y qué destrozada tiene la casa! Da lástima verla. Pero Juan me asegura que será nuestra, y en verdad que la pobre lo merece.

A la sazón había empezado á escanciar el bueno del sacristán.

—Vaya, señora doña Isidora, usted dirá—indicó inclinando la botella sobre el cortadillo.

—Una gota, nada más que una gotita... Basta, hombre, basta; que tomo eso para ver si mi estómago entra en caja.

Isidorita gustó del precioso licor. La Gobernadora de las armas hizo ascos al anisete, pero no á un delicado néctar de la Nava que en otra botella tenía el Sr. Cachorro, y lo acompañó con bizcochos para que la confortase más.

—Esto da la vida—gruñó Agustín probando de una y otra cosa.

Teresita no probó nada.