Distraída un momento por esta brusca desaparición, Gloria volvió á atender á su piadosa lectura. Pero no habían pasado dos minutos cuando otra señora, seguida de dos niñas, abandonó también la capilla. Era la Gobernadora de las armas.
—Huyen de mí—pensó la joven.
Al poco rato otras dos señoras y un hombre huyeron también de allí como se huye de un sitio infestado. Sólo quedaron dos viejas y un anciano marinero, que atentos con profunda edificación al acto religioso, no ponían mientes en lo demás. Gloria sintió opresión insoportable en su pecho y una necesidad de llorar que no podía satisfacer; pero al fin de sus ojos corrieron á raudales las lágrimas cuando oyó cantar: «Oh Dios que enviáste á tu hijo á este mundo para salvarnos, para que se humillara entre nosotros.»
El sacerdote había bendecido las palmas, que fueron rociadas con agua bendita y ahumadas con incienso. Distribuídas aquéllas empezó la procesión. El coro entonaba el capítulo de San Mateo: Cum appropinquaret Dominus. Gloria cerró los ojos, orando recogidamente y con profunda ternura, mientras pasaban clérigos y seglares. No quería ver nada, ni mirar al presbiterio donde estaban el Salvador y el borriquito, objeto de la atención general y del fervor más pío por parte de los muchachos. Sentía los lentos pasos, el grave canto, la humareda de incienso, el murmullo del conmovido pueblo, y sometiendo su imaginación y su pensamiento á la idea religiosa de tan bello símbolo, contemplábalo en toda su grandeza sublime.
Las ceremonias con que la Iglesia conmemora en Semana Santa el extraordinario enigma de la Redención son de admirable belleza. Si bajo otros aspectos no fueran dignas de excitar el entusiasmo cristiano, seríanlo por su importancia en el orden estético. Su sencilla grandeza ha de cautivar la fantasía del más incrédulo, y comprendiéndolas bien, penetrándose de su patético sentido, es por lo menos frivolidad mofarse de ellas. Quédese esto para los que van á la Iglesia como al teatro, que son, en realidad de verdad, porción no pequeña de los católicos más católicos á su modo, con faláz creencia de los labios, de rutinario entendimiento y corazón vacío.
Es evidente que las ceremonias de Semana Santa despiertan ya poco entusiasmo, y muchos que se enfadan cuando se pone en duda su catolicismo, las tienen por entretenimiento de viejas, chiquillos y sacristanes. Sólo en Jueves Santo, cuando la afluencia de mujeres guapas convierte á las Iglesias en placenteros jardines de humanas flores, son frecuentadas aquéllas por la varonil muchedumbre de nuestro orgulloso estado social, el más perfecto de todos, según declaración de él mismo. Nuestra sociedad se cree irresponsable de tal decadencia y la atribuye al excesivo celo y mojigatería de la generación precursora, la cual, adulando al clero y adulada por él, quitó á las ceremonias religiosas su conmovedora sublimidad. ¿Cómo? multiplicándolas sin criterio, y haciéndolas complejas y teatrales por el abuso de imágenes vestidas, de procesiones y pasos y traspiés irreverentes, absurdos, profanos, sacrílegos, irrisorios; por la introducción de prácticas que nada añaden á la hermosa representación simbólica de los misterios; por la falta de seriedad y edificación que trae consigo la ingerencia de seglares beatos en las cosas del culto. No es fácil designar quiénes son responsables de esto; pero á nadie se oculta el hecho peregrino de que, en el país católico por excelencia, las cuatro quintas partes de los fieles se resistan á tomar parte en ese carnaval de las mojigatas, como dicen muchos que oyen misa por costumbre y aun confiesan y comulgan, aunque no sea sino por no parecer demagogos.
VII
Tía y sobrina.
Después de la procesión de las palmas y de la bellísima ceremonia y cánticos en la puerta al regreso de aquélla, se celebró la misa de Pasión. Muy tarde salieron de ella, y D. Buenaventura fué en busca de su sobrina para dirigirse á la casa, donde les aguardaba la comida. No les acompañó en esta función doña Serafina porque ayunaba, y sin más sustento que el chocolate, se estaba todo el día en la Iglesia hasta el anochecer, hora en que iba á su casa y tomaba la colación.