—No puede uno distraerse ni un momento, Sr. D. Buenaventura, si se ha de conseguir que cada cual ocupe su puesto, y marche todo este gran gentío con orden. Es preciso tener cien ojos y aún no basta.
Lantigua, que tenía predilección especial por los pisos cómodos y no gustaba de que sus piés tropezaran primero en cortante guijarro para hundirse después en un hoyo de fango, hacía mentalmente paralelos muy juiciosos entre las eternas leyes de urbanización y el antediluviano empedrado de Ficóbriga, el más detestable de cuantos vieron pasar alcaldes y curas y procesiones. Lantigua decía para sí:
—Si otro año me ocurre tirar el dinero, será para adoquinarte ¡oh madre villa!
Pero á pesar de la ruindad del piso, la procesión marchaba con orden perfecto, sin que fuera estorbo la mucha gente que había en ella, hombres y mujeres de la villa, del campo y de la mar, creyentes los unos, tocados de la mácula del siglo los otros, astutos aldeanos, honrados y sencillos marineros, toda la grey díscola y ladina de aquellas verdes montañas, todos los ejemplares de vanidad infanzona, de gárrula presunción, de socarrona travesura, de solapada codicia, de graciosa sencilléz, de castellana hidalguía y de ruda generosidad trasladados por Pereda con arte maravilloso al museo de sus célebres libros montañeses. No faltaba nada ni nadie; y como aquellas repúblicas cantábricas son de tan fácil gobierno, iba todo á pedir de boca, sin que ningún nacido se extralimitara, sin que ocurriera desorden, y marchando cada cual dentro de la órbita trazada por D. Juan Amarillo. Pero de improviso presentóse un obstáculo muy deplorable, y hé aquí que se descompuso tan pasmoso concierto.
La procesión debía entrar por la calle de la Poterna hasta el cementerio, torciendo desde allí á la izquierda por las Monjas Claras y entrando en la plaza del Consistorio, para dirigirse después á la Abadía por el callejón del Cristo Viejo. El sitio llamado de las Monjas Claras es una encrucijada irregular y estrecha, donde afluyen tres ó cuatro calles tortuosas y mezquinas, una de las cuales es la que por aquella parte une el camino real con la plaza. Entraba la procesión en la encrucijada, cuando por una de las boca-calles de en frente apareció un hombre á caballo.
Los cantores callaron, los marineros que llevaban las andas se detuvieron, el sacristán apoyó la cruz en el suelo, y los ciriales se bambolearon en manos de los acólitos, como árboles azotados por el viento. Sildo dejó caer el incensario, el cura frunció el ceño, el padre Poquito alzó del suelo los ojos, y en los labios de D. Juan Amarillo fluctuaban las palabras «¡á la cárcel, á la cárcel!»
Al ver tanta gente, el hombre que venía á caballo quiso volver grupas á toda prisa; pero el animal se encabritó y alzando las patas delanteras puso al caballero en peligro de caer al suelo. Por fortuna suya era buen ginete. La multitud prorrumpió en exclamaciones y amenazas. Aumentado el espanto del animal con tanto vocerío, empezó á dar vueltas caracoleando y relinchando con la espumante boca abierta. En el mismo momento apareció por la misma callejuela otro hombre á caballo. Era rubio, encarnado, alto, más bien gigantesco, de robusto cuerpo y puños formidables.
Don Juan Amarillo, al ver que había dos hombres bastante audaces para entrar á caballo en Ficóbriga en el momento sublime de la procesión, sintió en sí la grandiosa cólera de los dioses antiguos, y se lanzó en medio del gentío llevando el rayo en sus ojos. Su mano empuñaba el bastón como un dardo. Haría, pues, escarmiento, pondría á inmensurable altura el principio de autoridad, aquel sacro principio que se le había confiado para que lo transmitiera incólume y lleno de gloria á las generaciones futuras.