—Yo no sé nada, nada—gruñó Caifás con aturdimiento.—Yo no sé nada. Usted es un misterio para mí, Sr. Morton; usted es un ángel y una calamidad, lo bueno y lo malo juntamente, el rocío y el fuego del cielo... Yo no se qué pensar, yo no sé qué sentir delante de usted... Si le amo, me parece que debo aborrecerle; si le aborrezco, me parece que debo amarle. Usted es para mí como demonio disfrazado de santo, ó como un ángel con traje de Lucifer... No sé nada, no sé nada, señor Morton.
Callaron ambos. Grave y cejijunto, doblemente horrible por su fealdad natural y la expresión de recelo que había en su semblante, Caifás contemplaba á Daniel desde regular distancia, sentado, los brazos en cruz, la cabeza ligeramente inclinada, la vista atónita y algo torva. Jamás se había presentado á una conciencia problema semejante, y aquel hombre rudo vió desarrollarse en su espíritu todo el panorama inmenso de los problemas religiosos, sintiéndose turbado y atormentado por ellos de una manera confusa y mal definida. Vió que en su interior se elevaban fantasmas, y oyó esas aterradoras preguntas que en lo íntimo del espíritu son formuladas por misteriosos labios y que rara vez reciben contestación. Otro hombre de inteligencia más cultivada habría sacado de la meditación de aquella noche alguna idea clara, ó negación terrible quizás, algo absoluto aunque fuera lo absolutamente negro del ateísmo; pero Caifás no sacó nada, ni luz completa ni tinieblas, sino confusión, aturdimiento, el caos, el claro obscuro incierto del alma humana cuando la fe vive arraigada en ella, y la razón, como diablillo inquieto evocado por la magia, entra haciendo cabriolas, enredando y urgando aquí y allí.
Mucho tiempo duró la meditación de ambos. El caballero parecía dormir, pero velaba. Pasaron las horas, y rodó la noche con ese voltear majestuoso y taciturno que la asemeja á un cerebro pensando en silencio y reposo, lleno de misteriosos sones, de imágenes y vagas ideas, que se entrelazan como los círculos movibles de la retina en los cerrados ojos del que vela. Ya muy tarde, casi de día, Morton dijo á Caifás:
—¿No te acuestas?
—No tengo sueño—repuso el enterrador.—Estoy cavilando, cavilando cosas extrañas que no me dejan dormir.
—Parece que luce la aurora... Deseo hablar al Sr. D. Buenaventura.
—¿Tan temprano?
—¿Ese señor, madruga?
—Se levanta con los pájaros.
—Pues te ruego que vayas allá y le digas de mi parte que estoy aquí á su disposición.