—Y por deber, por la responsabilidad terrible de una gran falta—añadió Lantigua con energía.—Por estas razones y otras no vacilaría en cambiar, al menos aparentemente, la religión más aceptable por la más desacreditada.

—¡Aparentemente!... Es decir con reservas mentales...—dijo Morton lleno de confusión.

—¡Ah! veo que usted es más intolerante en su religión falsa que yo en la mía verdadera. Yo concedo algo, usted nada. Siga usted mi ejemplo, y verá usted como no soy fanático, ni intransigente, ni mojigato. Me atrevo á esperar que mi creencia se asemeja bastante en el fondo á la de usted, ó á la de cualquier otro hombre del siglo.

—¿Cómo?—preguntó Morton con curiosidad.

—¿Será posible que en el fondo no pensemos lo mismo, Sr. Morton? Se me figura que sí. Óigame usted con atención. Yo creo que la fe religiosa, tal como la han entendido nuestros padres, pierde terreno de día en día, y que tarde ó temprano todos los cultos positivos tendrán que perder su vigor presente. Yo creo que los hombres buenos y caritativos pueden salvarse y se salvarán fácilmente, cualquiera que sea su religión. Creo que muchas cosas establecidas por la Iglesia, lejos de acrecentar la fe, la disminuirán, y que en todas las religiones y principalmente en la nuestra sobran reglas, disposiciones, prácticas. Creo que los cultos subsistirían mejor si volvieran á la sencilléz primitiva. Creo que si los poderes religiosos se empeñan en acrecentar demasiado su influencia, la crítica acabará con ellos. Creo que la conciliación entre la filosofía y la fe es posible, y que si no es posible, vendrá un caos espantoso. Creo que cada vez es menor, mucho menor, el número de los que tienen fe, lo cual me parece funesto. Creo que ninguna Nación ni pueblo alguno pueden subsistir sin una ley moral que les dé vida; y si una ley moral desaparece, vendrá necesariamente otra... Esto que declaro, esto que pensamos ¿á qué negarlo? todos los hombres del día, es de esas cosas que pocas veces se dicen, y yo las callo siempre, porque la sociedad actual se sostiene, no por el fervor, sino por el respeto á las creencias generales. Las circunstancias en que nos encontramos oblíganme á abrir á usted mi pensamiento, mostrándole todo lo que hay en él, y á hablarle con entera franqueza, pues ni mi nombre, ni el respeto que debo á la memoria de mi hermano muerto y á las virtudes acrisoladas del que vive, concuerdan bien con estas ideas que á pesar mío exhibo. Y al hacerlo así, revelando lo que nadie hasta hoy ha oído de mis labios, espero hallar un eco en el pensamiento de usted, porque teniéndole por hombre instruído en las ideas corrientes, no es posible que esté tan rigurosa y tenazmente aferrado á la secta más desautorizada de todas. Creo, finalmente y para decirlo todo de una vez, que el fondo moral es con corta diferencia uno mismo en las religiones civilizadas... mejor dicho, que el hombre culto educado en la sociedad europea es capáz del superior bien, cualquiera que sea el nombre con que invoque á Dios.

Breve pausa siguió á esta profesión de fe. Morton miraba fijamente el hule de la mesa, y absorto en el grave asunto, se ocupaba maquinalmente en retorcer una hilacha que sus manos habían encontrado allí.

—Estimo la declaración—dijo sin alzar los ojos de la mesa.—Ya sabía yo que muchos adalides del partido católico son racionalistas in pectore. Ahora en cambio de sus concesiones yo voy á hacer otras.

Don Buenaventura decía para sí:

—¡Quién me había de decir que yo vaciaría estas heces de mi conciencia delante de un judío!... Pero es preciso transigir, sí, transigir, ceder un poco, para que él ceda otro poco y nos entendamos.

—Mi familia, como la de usted—dijo el hebreo,—se ha distinguido por su fervor religioso, ha sido y es, como la de usted, una familia respetada y querida por sus virtudes y su generosidad; ha tenido y tiene gran prestigio en nuestra raza, por sostener con noble tesón la idea de la consecuencia israelita en medio de la desgracia en que vivimos, y de la degradación en que han caído muchos de nuestros hermanos. Yo he sido educado con gran solidéz de principios. Me han infundido la fe, más en la conciencia que en la imaginación, hablándome poco á los sentidos y mucho al alma. Además me han inculcado la idea de que por nuestra religión fueron revelados al mundo los eternos principios que lo rigen, y que no pierden su valor por las modificaciones que recibieran en un día memorable. Me han enseñado á amar una ley que contiene todo lo bueno y todo lo verdadero, pues ninguna verdad moral posee el mundo que no se halle en mis libros. Al afirmar esto, no llegaré al extremo de creer que fuera de mi ley todo es corrupción, inmoralidad, mentira, como hacen aquí, no: yo también cederé, imitándole á usted, y diré que los preceptos morales por los cuales nos regimos son los mismos que gobiernan el alma cristiana, los mismos que gobiernan á todos los hombres que tienen preceptos. No sé que haya en pueblos civilizados ninguna religión, cuya moral diga: «Matarás, mentirás, robarás, harás daño á tu prójimo...»