Don Buenaventura dejó ver una sonrisa de desdén.

—Además de que siento un instintivo amor al Dios de mis padres, y antipatía invencible á la inútil innovación cristiana...

A D. Buenaventura se le acababa la paciencia.

—Déjeme usted seguir. Además de esto, obedezco á una ley de raza: ¡y qué terribles son las leyes de raza! El mismo valladar insuperable establecido por los cristianos para que vivamos separados del resto del linaje humano, aviva y enciende más nuestra consecuencia, porque las injurias que hemos recibido, la expulsión de España, el injusto odio de los pueblos cristianos nos aferran más á nuestro dogma, fórmula de la patria entre nosotros. ¡Abjurar!... ¡Pasarnos á este enemigo implacable que durante dieciocho siglos nos ha estado insultando, escupiendo y abofeteando; que nos ha expulsado, nos ha quemado vivos, nos ha arrojado de todas las ocupaciones honrosas, nos ha cerrado todas las puertas, nos ha prohibido todos los oficios, dejándonos sólo el más vil, el de la usura; que nos ha llenado de denuestos groseros, apartándonos de todo lo que puede llamarse fraternidad y negándonos hasta el goce de los derechos naturales; que nos ha considerado siempre como una excepción en la humanidad, como una raza abyecta y manchada, y nos ha estado martirizando con la infame y absurda nota de deicidas, de haber matado á Dios!... No, no puede ser, entre nosotros no habrá un solo hombre de honor que se pase á este implacable y feróz enemigo. Dieciocho siglos de venganza por haber dado muerte á un filósofo, al más grande de los filósofos si se quiere, es demasiada crueldad.

—Merecido baldón ha sido—dijo D. Buenaventura,—y lo prueba la espantosa duración del castigo. Un año, diez, un siglo, pueden equivocarse. Mil ochocientos años no se equivocan. Su fallo merece respeto.

—No tendrá jamás el mío—declaró Morton con ira.—Ha tocado usted la fibra más delicada de mi corazón, de un corazón que tiene el acendrado fuego de la raza. Yo tengo la pasión de mi nacionalidad perdida, de mi culto sencillo y grandioso, de mi pueblo desgraciado y escarnecido que conserva en sí un fondo admirable de valor moral. Sí, quisiera tener mil bocas para decirlo con todas ellas. Un pueblo que ha resistido á dieciocho siglos de desprecio, un pueblo que subsiste después de mil ochocientos años de verse proscripto, errante, vejado, humillado, es digno de mejor suerte.

—Procuren ustedes mejorarla.

—Yo he pasado horas de amarguísima tristeza pensando en la suerte infelíz de mi raza. Desde que tuve uso de razón, comprendí, á pesar de vivir en la mayor opulencia, que en nosotros había un gran vacío, aunque no me podía explicar cuál era; comprendí que una nube siniestra nos envolvía, que no éramos como los demás, que la sociedad nos había marcado... He pasado la mayor parte de mi juventud en tétricas meditaciones sobre nuestro aflictivo destino social, y con esto el amor que siempre tuve á mi casta, á mi grandiosa historia, se inflamaba más cada día hasta llegar á una vehemencia que hizo creer en la pérdida de mi razón. Mi juventud ha sido un delirio doloroso, un sueño en que se han confundido los intentos más atrevidos con las ideas más nobles. He soñado con la rehabilitación del judaísmo, con borrar la maldición horrible; he pasado años enteros en soledad sombría, como los anacoretas, meditando en la pasión y crucificación de un pueblo inocente, y después, lanzándome al mundo y á los viajes infatigables por todos los países donde había israelitas, he tomado el tiento á la terrible carga de esta empresa. Mas á pesar de hallarla muy pesada, no he renunciado á echarla sobre los hombros, y en horas de duda ó vacilación he sentido en mí un aliento poderoso, una inspiración, una solemne voz de mi ultrajado Jehová que me decía: «Adelante.»

»Y á un hombre de tal temple, á un hombre que tiene el fanatismo santo de su casta, que no vacila en morir cien veces por ver realizada una rehabilitación que el siglo cree imposible; á un hombre que no es de estos vanos creyentes del día, superficiales y corrompidos ni sabe mirar con indiferencia las cosas de Dios y del corazón, le dice usted: «Abandona todo eso y ven á humillarte aquí delante de mí; ven á besar esta cruel mano que te ha estado abofeteando por espacio de dieciocho siglos; ven á adorar al filósofo crucificado en cuyo nombre hemos decidido que eres una bestia.»

—En nombre de Jesucristo—dijo D. Buenaventura, sintiendo que en su corazón había sido tocada una fibra de sentimiento, aunque estaba muy honda y el dolor no era grande,—en nombre del que redimió al género humano transformando toda la tierra. Parece mentira que en un entendimiento cultivado y claro exista obcecación semejante. ¡Dios mío, lo que es nacer en el error!... Pero hay una cosa que me hace poner en duda la sinceridad de su fanatismo. Si tan lleno estaba usted de la idea de su raza, si esta idea le ocupaba por entero, rigiendo completamente su vida, sus actos todos y sus sentimientos, ¿cómo, señor Morton, cayó usted en la debilidad de enamorarse de una mujer cristiana?