Amaba tan tiernamente á su sobrina Gloria, que en su corazón no la distinguía de sus propias hijas. En Madrid había tomado informes de Morton, y por el barón de W... y otros israelitas con quienes tenía relaciones de cordial amistad ó de negocios, supo nuestro banquero las sobresalientes cualidades de todos los individuos de la familia de Daniel y de Daniel mismo.

—O yo valgo poco, ó les caso—decía Lantigua.—Sobre la conveniencia y la posibilidad de esto no hay duda. El cómo, la pícara fórmula, es lo que falta.

Desde que llegara á Ficóbriga, confió á Romero su pensamiento, y éste se mostró muy dispuesto á admitirlo. Ambos discutieron, indagaron, escudriñaron. Por último, don Silvestre lleno de interés por la señorita de Lantigua, decía:

—No hay más remedio que sacarla á todo trance de tan triste situación. Aquí no se trata de teorías, se trata de un hecho, de un hecho innegable, evidente, terrible. Comprendo que para evitar estos hechos se establezca la unidad religiosa más intolerante, que se expulse, que se queme, que se condene, que se fulminen rayos... pero ya no se trata de prevenir, sino de reparar. No habrá ninguna autoridad divina ni humana que se atreva á decir en presencia de esto: «quédese el mal como está...» Lo que falta es la fórmula, una formulita.

Don Silvestre fué desde entonces cómplice de todos los planes de su noble amigo. Ambos, sin dejar de ser muy católicos y de manifestar inflexibles opiniones, cada cual según su estilo, eran hombres de mundo; habían tomado el tiento á la sociedad; habían sufrido la fascinación de lo práctico, el uno en sus negocios, el otro en sus luchas con la Naturaleza; habían dicho: «conviene huir de la corriente para que no nos arrastre; pero si por desgracia viene un brazo de mar y nos quiere llevar, es tontería luchar con él: hay que sortearlo.»

Don Buenaventura no admitía de ninguna manera el matrimonio puramente civil en aquel caso; ni entraba en sus miras que Gloria fuese á casarse á un país extranjero. Para él la fórmula más aceptable hubiera sido aquella en que el matrimonio se verificase con todas las apariencias de concordancia religiosa.

—Me basta—pensaba,—me basta con que ese hombre nos conceda una farsa de abjuración... Será un malvado si no lo hace... Piense luégo en su interior como le dé la gana. Al fin y al cabo, el fondo, el fondo de todas las creencias, ¿no es uno mismo? La sociedad nos obliga á establecer diferencias en el culto; pero esas diferencias deben desaparecer ante un deber social también muy poderoso... Hé aquí la fórmula; sí, ya la tengo; se la propondré. Una conversión fingida, con reservas mentales... ¡Oh, Dios, Dios! Imposible que tú no seas uno mismo para todos... ¡Ah!... esta es una de esas pícaras ideas que nosotros los hombres de peso no decimos nunca, nunca; no, no se pueden decir; la taimada idea, la saltona y diabólica idea que tenemos asentada en el fondo de la conciencia... Si mi hermano sospechase esto...

El día de la conferencia que hemos descripto habló con D. Silvestre antes de misa mayor, y ambos se pusieron de acuerdo sobre la conveniencia de rehabilitar al hebreo en el concepto público de Ficóbriga, y proporcionarle una entrevista con Gloria.

—¡Ah!—decía D. Buenaventura.—Si esa desgraciada se empeña en no verle, yo probaré que tengo autoridad... Bueno es el misticismo; pero ahora se trata de ajustar una cuenta con la sociedad. La de Dios está ya saldada, y el perdón de nuestra pobre huérfana debe haber sido puesto á la firma allá arriba. Estoy seguro de esto, segurísimo.