Sin esperar auxilio, Morton, levantándose con su preciosa carga, marchó hacia Ficóbriga. Caifás, Sildo y Sansón salieron á su encuentro.

—Ya sabía yo que había de pasar alguna cosa mala—gruñó Mundideo.

—¿Qué es eso, señor?—preguntó Sansón.

—Un desmayo, sin duda—indicó Caifás, examinando á la señorita.—¡Rayos y centellas! ¿y á dónde la llevamos ahora?

—A su casa.

—¡Jesús, María y José!

—No perdamos tiempo—indicó el hebreo.—Adelante. A casa de Lantigua. Temo cualquier accidente desgraciado si no la auxiliamos pronto... Tú, Caifás, guía... por aquí.

Llegaron. La verja del jardín estaba abierta, por ser costumbre de la casa no cerrarla nunca. Un perro empezó á ladrar furiosamente. Caifás pedía á Dios que se abriese un gran hoyo en la tierra y le sepultase; pero Morton, fijo en su objeto y sin atender á ningún accidente, no se detuvo hasta llegar á la puerta.

—Sansón, llama.