—Gracias.
—Pues Ándara es deliciosa: más fea que una noche de truenos; pero con un talento para las réplicas, y una viveza, y una energía de carácter, que le dejan a uno pasmado.
—Y una fe en Nazarín que vale cualquier cosa. Si la ponen en una parrilla para que reniegue de su maestro, morirá tostada, escupiendo sangre a sus verdugos y proclamando a Nazarín, como ella dice, el preferente de todos los santos de la tierra y del cielo, ¡caraifa!
Llegaron otros dos del oficio, y saludando cortésmente al buen eclesiástico, formaron todos corrillo junto a un ventanón de la galería.
—Parece esto la antesala de un ministro —dijo uno de los que acababan de llegar, llamado Zárate, hombre muy leído, según general opinión, quiere decirse, que leía mucho.
—O de un soberano del antiguo régimen. Aquí estamos aguardando que salga la tanda que está dentro.
—Pero falta un chambelán que ponga orden en estas audiencias.
—Pues hoy —dijo Zárate echándose hacia atrás el sombrero—, no me voy sin interrogarle sobre las concomitancias que veo entre el ideal nazarista...
—¿Y qué?
—Y el misticismo ruso.