—Reino ha dicho la señora —afirmó la nazarista con gozo—, y aunque así no lo llamara, reina y señora nuestra será siempre.

—Tampoco sé aún qué grado de autoridad tendré sobre vosotros. Quizás no pueda tenerla, o la abdique desde el primer momento. Pero no pensemos aún en lo que será, y ocupémonos tan solo de lo presente. Con el dinero que te di, y que conservarás en tu poder...

—Sí señora, menos lo que, por encargo de la señora, gasté en el vestidito de Aquilina y en las botas de Ladislao.

—Pues aún te queda para comprar zapatos y alpargatas a los tres chicos, y para lo que gastéis por el viaje, que será bien poco. No necesito decirte que economices, porque sé que sabes hacerlo. Como la hija de Cecilio cuidará de daros de comer mientras yo llegue, ten bien cerrada la bolsa, Beatriz, y no gastes ni un céntimo de lo que en ella te quedare al llegar allá; no olvides que somos pobres, pobres verdaderos... No creas que nuestro reino es una pequeña Jauja.

—Si lo fuera, no nos tendría la señora por vasallos...

—¿Te has enterado bien?

—Sí señora —dijo Beatriz levantándose—; descuide, que todo se hará punto por punto como la señora desea.

Despidiéronse besándole la mano; la Condesa las besó en el rostro, y al despedirlas en la puerta, cuando ya habían bajado algunos peldaños, las llamó para hacerles una advertencia.

—Oye, Beatriz. Mi buen Cecilio padece de una maldita sed que no se le quita sino con vino. Ya está tan cascado el pobre, que sería crueldad privarle de satisfacer su vicio. Durante el viaje, le permitirás que tome una copa en alguna de las ventas por donde pasen, no en todas... Fíjate bien: con tres o cuatro copas de pardillo en todo el camino tiene bastante; pero nada más, nada más... Ea, adiós, y buen viaje.

VIII