Acudió el señor Díaz, y los dos amigos se abrazaron con ardiente cariño. El sano no podía contener las lágrimas; el enfermo, debilitado y con el cerebro inseguro, perdiendo y recobrando a cada momento el sentido y la palabra, no hacía más que darle palmetazos en el hombro, y sus ojos extraviados, tan pronto reconocían a don Modesto, como le miraban con extrañeza y estupor.
—Mi buen amigo —le dijo en un momento lúcido—, te sentí, y quise que entraras para darte la gran noticia. Ya siento un gran alivio en mi alma. A mi conciencia le han nacido alas, y mírame cómo subo hasta los cielos. ¿No sabes? ¡Ay, Modesto, qué alegría! Acabo de decidir que mi viña de Barranco de Abajo, la mejor que tengo, sea para ti. Ya es tiempo de que descanses, hombre. ¡Qué león para el trabajo...! Ahora, con tu viña, que puede darte tus mil cántaras, que te echen sobrinos. Bastante tienen estas tontas con lo demás de Piedrahita, y yo nada necesito ya, pues quiero ser pobre lo que me quede de vida... No te vayas, Modesto, acompáñame, pues me dan más congojas... y me parece que me he muerto, y que me han enterrado vivo, y... No, no... que no me entierren vivo... Yo soy pobre... muy pobre, no quiero mausoleos, ni que pongan sobre mí una de esas piedras enormes con letras de oro... No, no quiero letras de oro, ni hebillas de plata. Y en cuanto a mi gran cruz de Isabel la Católica, os digo que no me la pongáis, cuando me amortajéis... el día de mi muerte. No quiero más cruz que la de mi Redentor... a quien no me parezco nada, pero nada... Él era todo amor del género humano, yo todo amor de mí mismo. ¿Verdad, Modesto, que no me parezco nada... pero nada?
Procuraban calmarle; pero ni aun podían, con la ayuda del señor Díaz, sujetarle en el lecho, pues dos o tres veces se quiso arrojar de él desarrollando una fuerza nerviosa increíble en su extenuación.
—Dejadme —decía—, no seáis pesadas. Huyo de lo que fui... No quiero verme, no quiero oírme. Hay un hombre, que en el siglo se llamó Manuel Flórez. ¿Sabéis cómo le llamaría yo? el santo de salón. Yo no soy él; yo quiero ser como mi Dios, todo amor, todo abnegación, todo caridad... No entiendo de intereses. Aquel hacía cuentas, yo las deshago; aquel vivió en mil vanidades, yo corro detrás de la verdad, ya la toco, y vosotras, ruines cócoras, no me dejáis...
El médico, que en mitad de esta crisis apareció, dispuso remedios que no tenían más objeto que hacerle menos dolorosa la agonía. La parálisis de la parte inferior del cuerpo era absoluta. El derrame se había iniciado sobre la médula, dejando libre el cerebro. Don Modesto Díaz resolvió quedarse allí toda la noche. Después de las doce, el moribundo, inmóvil, rígido, descompuesto el rostro, honda y débil la voz, entornados los ojos, llamó a su amigo y le dijo:
—Modesto, hazme el favor de leerme aquel capítulo de los Soliloquios de nuestro Padre San Agustín... Confesión de la verdadera Fe.
—No necesito leértelo, querido Manuel —dijo don Modesto, con sus manos en las manos del moribundo—, pues me lo sé de memoria: «Gracias os hago, luz mía, porque me alumbrasteis y yo os conocí. Conocíos Criador del Cielo, y de todas las cosas visibles e invisibles, Dios verdadero, todopoderoso, inmortal, interminable, eterno, inaccesible, incomprensible, inconmutable, inmenso, infinito, principio de todas las criaturas visibles e invisibles, por el cual todas las cosas son hechas, y todos los elementos perseveran en su ser, cuya Majestad, así como nunca tuvo principio, así jamás tendrá fin...»
Y siguió recitando de memoria largo trecho, hasta que Flórez, que como extasiado escuchaba, repitiendo algunas palabras, le interrumpió diciéndole:
—Más adelante, más adelante, Modesto, donde dice... ¡Ah! yo lo recuerdo: «Tarde os conocí, lumbre verdadera, tarde os conocí, porque tenía delante de los ojos de mi vanidad una gran nube obscura y tenebrosa, que no me dejaba ver el sol de justicia y la lumbre de la verdad. Como hijo de tinieblas...»
Lo restante no se entendió. Fue tan solo un murmullo ininteligible, un pegar y despegar de labios, como si algo saboreara.