Experimentaba yo una angustia insoportable, y el corazón se me deshacía. Nuevamente me sentí atacado de la desesperación, y levantándome impetuosamente y corriendo a la reja, intenté moverla con colosales esfuerzos. La reja, bien clavada en el muro, no se movía, y aunque sus barrotes no eran muy gruesos, tenían la robustez suficiente para no ceder al empuje de manos humanas, aunque fueran las del zapador Plobertin.
—Y si pudiera romper esta reja —dije para mí—, ¿de qué me serviría, si la salida de la huerta está cerrada, y todo custodiado por centinelas?
Corrí por la habitación como un demente; aplicaba el oído a la cerradura de la puerta; tocaba con mis manos las vigas del techo por ver si alguna cedía; golpeaba con violentos puntapiés las paredes. No había salida por ninguna parte.
En tanto, mi compañero, bien porque tuviera frío, bien porque se asustara de verme en tan lastimoso estado de locura, empezó a llorar a gritos.
—Calla, mi niño, calla por Dios... —le dije—; tu llanto me lastima. ¡Plobertin va a venir y te comerá!
No me engañaba. Al poco rato sentí que descorrían los pesados cerrojos, y entró un sargento que hacía de carcelero, y tras él Plobertin muy irritado, diciendo:
—¿Por qué llora ese niño? Desde abajo le he sentido. Le estáis mortificando, señor oficial, y os las veréis conmigo... ¿Qué te ha hecho este judío, amor mío; qué quieres?
—Sr. Plobertin —dije—, hacedme el favor de no molestarme más con vuestras visitas. Me quejaré al comandante.
—Señor oficial —dijo él furiosamente—, os advierto que si seguís mortificando a la criatura, no podréis decirle nada al comandante, porque aquí mismo... Ya me conocéis... Contento está el comandante de vos... No entro de guardia hasta la madrugada: estaré abajo, y si siento llorar otra vez al pequeño Claudio... Sin duda os habréis comido las golosinas que traje para él...
—Vámonos, Plobertin —dijo el sargento—. El comandante ha mandado que se le deje tranquilo.