—Yo, Sr. D. Saturnino —dijo mosén Antón parándose ante su compañero—, estoy decidido a marcharme a otro ejército. Me iré con Palarea, con Durán, con Chaleco, con el demonio, menos con D. Juan Martín.
—Y yo. Me creería digno de estar envuelto en trapos como el Empecinadillo, y de pedir la teta al entrar en un pueblo, si sufriera más tiempo la humillación de servir sin pagas, sin ascensos, sin botín, sin remuneración ni provecho alguno.
—El corazón de manteca de nuestro jefe me obligará a abandonarle —dijo Trijueque—. Así no se puede seguir la guerra. Entre él y D. Vicente Sardina están haciendo todo lo posible para que el mejor día nos cojan los franceses, y den buena cuenta de nosotros.
—Ya lo estoy viendo. Y acá para entre los dos, Sr. Antón —dijo con rencoroso acento Albuín—, ¿no es un escándalo que mientras nos recomienda la humildad, él acepta el grado de Brigadier, y mientras nos tiene en la última miseria, él está amontonando...?
Mosén Antón puso todo su espíritu en ojos y oídos para atender mejor.
—Amontonando, sí —continuó D. Saturnino, que accionaba con la mano manca—. Eso bien claro se ve. Pues qué, ¿todo el dinero que se recoge y que él manda entregar a la Junta de Guadalajara, va a su destino? ¡Patarata! Mucho gimoteo y mucho decir que no tiene camisa; pero la verdad es que buenos sacos de onzas manda a Fuentecén y a Castrillo. ¡Sr. Trijueque, están jugando con nosotros, están comerciando con nuestro trabajo y nuestro valor, nos están chupando la sangre, compañero! Ellos, él, mejor dicho, se atiforra los bolsillos, y nuestros hijos, digo, mis hijos, no tienen zapatos.
Mosén Antón sin responder nada dio media vuelta, siguiendo en su inquieto pasear.
—Yo supongo —dijo el Manco— que usted tiene las mismas quejas que yo... Yo supongo que el insigne mosén Antón, terror de la Francia y del Rey José, no tendrá un cuarto en el arca de su casa, ni en el bolsillo de los calzones.
Trijueque parose ante el Manco, y metiendo ambas manos en la respectiva faltriquera del calzón, volviolas del revés, mostrando su limpieza de todo, menos de migas de pan, de pedacitos de nuez y otras muestras de sobriedad. Tomando las puntas de las faltriqueras y estirándolas y sacudiéndolas, habló así con cavernoso y terrorífico acento:
—Mis bolsillos están vacíos y limpios como mis manos, que jamás han robado nada. Lo mismo está y estará toda la vida el arca de mi casa, donde jamás entra otra cosa que el diezmo y el pie del altar. Pobre soy, desnudo nací, desnudo me hallo. Para nada quiero las riquezas, Sr. D. Saturnino. Sepa usted que no es la vaciedad y limpieza de estas faltriqueras lo que me contrista y enfada; sepa usted que para nada quiero el dinero; sepa usted que se lo regalo todo a D. Juan Martín, a D. Vicente Sardina y demás hombres de su laya; sepa que yo no pido cuartos: lo que pido es sangre, sí, señor, ¡sangre, sangre!