—Hay que tomar bríos, porque la jornada será larga. Dicen que vamos hacia Molina.
—El general —dijo la señá Damiana Fernández, que apareció pegándose en las faldas un remiendo arrancado a los abrigos del Empecinadillo— quiere que vayamos a un punto; mosén Antón quiere que vayamos a otro punto, y D. Saturnino a otro punto. Son tres puntos distintos. Hace un rato estaban los tres disputando, y los gritos se oían desde la plaza.
—De la discusión brota la luz —dijo Viriato con socarronería—, y el error o la verdad, señá Damiana, no se descubren sino pasándolos por la piedra de toque de las controversias.
—Antes estaban a partir un piñón —dijo D. Pelayo dando la última mano al enjaezado— y lo que decía y mandaba el general era el santo Evangelio.
—Ahora cada cual tira por su lado —indicó el Cid Ruy-Díaz—, y los grandes capitanes de esta partida obedecen a regañadientes las órdenes del general.
La señá Damiana acercose más al grupo, y apoyándose en la grupa del caballo, con voz misteriosa, habló así:
—Muchachos, mosén Antón dijo ayer al Sr. Santurrias que se marcharía de la partida porque D. Juan Martín es un acá y un allá.
—Señá Damiana —indicó Viriato—, las leyes militares castigan al soldado que critica la conducta de sus jefes. Si sigue vuecencia faltando a las leyes militares, se lo diré al general para que acuerde lo conveniente.
—Sr. Viriato de mil cuernos —repuso la mujer—, yo le contaré al general que vuecencia estaba ayer hablando pestes de él y diciendo que con las fajas y cruces y entorchados se ha convertido en una madama.
—Señá Damiana, por curiosear y meter el hocico en las conversaciones de los hombres, yo condenaría a vuecencia a recibir 50 palos. Las hembras, a poner el puchero y a remendar la ropa.