de seguro no dijera

motus est causa caloris.

Dio permiso Sardina para echar un trago a él y al Sr. Cid Campeador, y después sonó el guitarrillo que uno de ellos llevaba.

—Estamos rodeados de canalla —me dijo D. Vicente—. Los ejércitos, donde ingresa todo el que quiere, tienen ese inconveniente. La canalla, amigo mío, capaz es en ocasiones de grandes cosas, y hasta puede salvar a las naciones; pero no debe fiarse mucho de ella, ni esperar grandes bienes una vez que le ha pasado el primer impulso, casi siempre generoso. Eso lo estamos viendo aquí. Creo que el gran beneficio producido con la insurrección y valentías de toda esa gente que acaudillamos, toca a su fin, porque pasado cierto tiempo, ella misma se cansa del bien obrar, de la obediencia, de la disciplina, y asoma la oreja de su rusticidad tras la piel del patriotismo. Gran parte de estos guerrilleros, movidos son de un noble sentimiento de amor a la patria; pero muchos están aquí porque les gusta esta vida vagabunda, aventurera, y en la cual aparece la fortuna detrás del peligro. Son sobrios, se alimentan con poco, y no gustan de trabajar. Yo creo que si la guerra durase largo tiempo, costaría mucho obligarles a volver a sus faenas ordinarias. El andar a tiros por montes y breñas es una afición que tienen en la masa de la sangre, y que mamaron con la leche.

—Tiene usted razón —le respondí—, y estas discordias y rivalidades que van saliendo en la partida, prueban que tales cuerpos de ejército, formados por gente allegadiza, no pueden existir mucho tiempo.

Sardina, conforme con mi parecer, añadió:

—Por mi parte, deseo que se acabe la guerra. Yo tomé las armas movido por un sentimiento vivísimo de odio a los invasores de la patria. Soy de Valdeaveruelo; diome el cielo abundante hacienda; heredé de mis abuelos un nombre, si no retumbante, honrado y respetado en todo el país, y vivía en el seno de una familia modesta, cuidando mis tierras, educando a mis hijos, y haciendo todo el bien que en mi mano estaba. Mi anciano padre, retirado del trabajo y atención de la casa por su mucha edad, había puesto todo a mi cuidado. La paz, la felicidad de mi hogar fue turbada por esas hordas de salvajes franceses que en mal hora vinieron a España, y todo concluyó para mí en julio de 1808, cuando se apoderaron del pueblo... Es el caso que yo volvía muy tranquilo del mercado de Meco, cuando me anunciaron que mi buen padre había sido asesinado por los gabachos, saqueada mi casa, incendiadas mis paneras... Aquí tiene usted la explicación de mi ingreso en la partida. Dijéronme que mi compadre Juan Martín andaba cazando franceses... Cogí mi trabuco y junteme a él... Hemos organizado entre los dos esta gran partida, que ya es un ejército... Hemos dado batallas a los franceses, nos hemos cubierto de gloria... pero ¡ay! él y yo no ambicionamos honores, ni grados, ni riquezas, y solo deseamos la paz, la felicidad de la patria, la concordia entre todos los españoles, para que nos sea lícito volver a nuestra labranza y al trabajo honrado y humilde de los campos, que es la mayor y única delicia de la tierra. Otros desean la guerra eterna, porque así cuadra a su natural inquieto, y me temo que estos sean los más, lo cual me hace creer que, aun después de vencidos los franceses, todavía tendremos para un ratito.

—Pues yo —repuse—, aunque no tengo bienes de fortuna, ni nombre, ni porvenir alguno fuera de la carrera de las armas, siento muy poca afición a este género de existencia, y deseo que se acabe la guerra para pedir mi licencia, y buscar la vida por camino más de mi gusto.

—¿Quiere usted hacerse labrador? Yo le daré tierras en arriendo —me dijo con bondad—, perdonándole el canon por dos o tres años. ¿Estamos en ello, amiguito?

—Reciba usted un millón de gracias, dadas con el corazón, no con la boca —le dije—. Si alguna vez me hallo en el caso de utilizar, no esa generosidad, que es demasiado grande, sino otra más pequeña, no vacilaré en acudir a hombre tan bondadoso.