—Cuando mis dolores —prosiguió— me permiten algún reposo y duermo, hija mía, en el sueño me atormenta una pena angustiosa: me parece que te vas y me dejas solo, que te vas huyendo de mí. Quiero llamarte y no puedo proferir voz alguna; quiero levantarme para seguirte, y mi cuerpo, convertido en estatua de hierro, no me obedece...
Callando un momento para reposar su habla fatigosa, prosiguió luego así:
—Hace un instante dormía con sueño indeciso. Me parecía que estaba despierto. Sentí voces en la habitación que da al patio; te vi dispuesta a huir; quise gritar; un peso horroroso, una montaña, oprimía mi pecho... todavía moja mi frente el sudor frío de aquella angustia... Al despertar, eché de ver que todo era una nueva repetición del mismo sueño que me atormenta todas las noches... Di, ¿me abandonarás? ¿abandonarás a este pobre enfermo, a este hombre ayer joven, hoy anciano y casi moribundo, que te ha hecho algún daño, lo confieso, pero que te ama, te adora como no suelen amar los hombres a sus semejantes, sino como se adora a Dios o a los ángeles? ¿Me abandonarás, me dejarás solo?...
—No —dijo Inés.
Aquel monosílabo apenas llegó hasta mí.
—¿Y me perdonas el mal que te he hecho, la libertad que te he quitado? ¿Olvidas las grandezas vanas y falaces que has perdido por mí?...
—Sí —contestó la muchacha.
—Pero no me amarás nunca como yo te amo. La prevención, el horror que te inspiré en los primeros días, no podrá borrarse de tu corazón, y esto me desespera. Todos mis esfuerzos para complacerte, mi empeño en hacerte agradable esta vida, el bienestar tranquilo que te he proporcionado, todo es inútil... La odiosa imagen del ladrón no te dejará ver en mí la venerable faz del padre. ¿No estás aún convencida de que soy un hombre bueno, honrado, leal, cariñoso, y no un monstruo abominable, como creen algunos necios?
Inés no contestó. La observé dirigiendo inquietas miradas a los vidrios tras los cuales yo me ocultaba.
—Si por algo temo la muerte es por ti —continuó el anciano—. ¡Oh! si pudiera llevarte conmigo sin quitarte la vida... Pero ¿quién asegura que moriré...? No, mi enfermedad no es mortal... Viviré muchos años a tu lado, mirándote y bendiciéndote, porque has llenado el vacío de mi existencia. ¡Bendito sea el Ser Supremo! Viviré, viviremos, hija mía: yo te prometo que serás feliz... ¿Pero no lo eres ahora? ¿Qué te falta...? ¿No me respondes...? Estás aterrada, te causo miedo...