—Cerca están los míos —dije para mí; y tomando algo de lo necesario para sustentarme, seguí adelante.
Nada me aconteció digno de notarse hasta Tornadizos, donde encontré la vanguardia inglesa y varias partidas de D. Julián Sánchez. Eran las diez de la mañana.
—Un caballo, señores, préstenme un caballo —les dije—. Si no, prepárense a oír al señor Duque... ¿Dónde está el cuartel general? Creo que en Bernuy. Un caballo pronto.
Al fin me lo dieron, y lanzándolo a toda carrera primero por el camino, y después por trochas y veredas, a las doce menos cuarto estaba en el cuartel general. Vestí a toda prisa mi uniforme, informándome al mismo tiempo de la residencia de Lord Wellington para presentarme a él al instante.
—El Duque ha pasado por aquí hace un momento —me dijo Tribaldos—. Recorre el pueblo a pie.
Un momento después encontré en la plaza al señor Duque, que volvía de su paseo. Conociome al punto, y acercándome a él le dije:
—Tengo el honor de manifestar a Vuecencia que he estado en Salamanca, y que traigo todos los datos y noticias que Vuecencia desea.
—¿Todos? —dijo Wellington sin hacer demostración alguna de benevolencia ni de desagrado.
—Todos, mi general.
—¿Están decididos a defenderse?