—Creo que no le será indiferente a usted saber el fin que ha tenido aquella desgraciada joven.

—¿Indiferente? No —repuso poniéndose como un cadáver.

—¡Oh! Las personas destinadas a padecer... —dije observando atentamente la impresión que en el santo producían mis palabras—. Aquella pobre joven tan buena, tan bonita, tan modesta...

—¿Qué?

—Ha muerto.

Yo creí que Juan de Dios se conmovería al oír esto; pero con gran sorpresa vi su rostro resplandeciente de serenidad y beatitud. Mi asombro llegó a su colmo cuando, en tono de convicción profundísima, dijo:

—Ya lo sabía. Murió en el convento de Córdoba, donde la encerró su familia en junio de 1808.

—¿Y cómo sabe usted eso? —pregunté, respetando el engaño del pobre agustino.

—Nosotros tenemos visiones singulares. Dios permite que por un estado especial de nuestro espíritu, sepamos algunos hechos ocurridos en país lejano, sin que nadie nos los cuente. Inés murió. Yo la he visto repetidas veces en mis éxtasis, y es indudable que solo se nos presenta la imagen de las personas que han tenido la suerte de abandonar para siempre este ruin y miserable mundo.

—Así debe ser.