Parr, volviéndose a sus compatriotas, dijo:
—Parece que perdemos la batalla.
—La batalla se ganará —le respondieron.
Sacó su reloj y lo entregó a uno de los presentes.
—¡Que la Inglaterra sepa que muero por ella! ¡Que no se olvide mi nombre!... —murmuró con voz que se iba apagando por grados.
Nombró a su mujer, a sus hijos; pronunció algunas palabras cariñosas, estrechando la mano de sus amigos.
—La batalla se ganará... ¡Muero por Inglaterra!... —dijo cerrando los ojos.
Leves movimientos y ligeras oscilaciones de sus labios fueron las últimas señales de la vida en el cuerpo de aquel valiente y generoso soldado. Un momento después se añadía un número a la cifra espantosa de los muertos que se había tragado el Arapil Grande.
XXXVI
La tremenda carga de Stapleton Cotton había variado la situación de las cosas. Leith se apareció de nuevo entre nosotros, acompañado del brigadier Spry. En sus semblantes, en sus gestos, lo mismo que en las vociferaciones de Pack, comprendí que se preparaba un nuevo ataque al cerro. La situación del enemigo era ya mucho menos favorable que anteriormente, porque las ventajas obtenidas en nuestro centro con el avance de la caballería y los progresos del general Cole modificaban completamente el aspecto de la batalla. Packenham, después de rechazarles del pueblo, les apretaba bastante por la falda oriental del cerro, de modo que estaban expuestos a sufrir las consecuencias de un movimiento envolvente. Pero tenían poderosa fuerza en la vasta colina, y además retirada segura por los montes de Cavarrasa. La brigada de Spry, que antes maniobrara en las inmediaciones del pueblo, corriose a la derecha para apoyar a Packenham. La división de Leith, la brigada de Pack con el 23 de línea, el 3.º y 5.º de ligeros, entraron de nuevo en fuego.