—Ya.
—El libro se me cayó de las manos; observé la asombrosa visión, pues visión era, y el mundano amor renació violentamente en mi pecho como la explosión de una mina. Quedé absorto, señor, mudo y entre suspendido y aterrado. Era ella misma, y me miraba con sus dulces ojos, trastornándome. Separábala de mí una distancia como de media vara; mas no hice movimiento alguno para acercarme a ella, porque el mismo estupor, la admiración que tal prodigio de belleza me producía, el mismo fuego amoroso que quemaba mi ser, teníanme arrobado y sin movimiento. Estaba vestida con riquísima túnica de una blanca y sutil tela, la cual, así como las nubes ocultan el sol sin esconderlo, ocultaba su hermoso cuerpo, antes empañándolo que cubriéndolo. Bajo la falda asomaba desnudo uno de sus delicados pies; sus cabellos, ensortijados con arte incomparable, le caían en hermosas guedejas a un lado y otro de la cara, entre sartas de orientales perlas, y en la mano derecha sostenía un pequeño ramillete de olorosas flores, cuya esencia llegaba hasta mí embriagándome el sentido.
—En verdad, Sr. Juan de Dios, que nunca he visto a la señorita Inés en semejante traje, no muy propio por cierto para pasear en jardines.
—¿Que había usted de verla, si aquella imagen no era forma corporal y tangible, sino una fábrica engañosa del demonio, que desde aquel día me escogió para víctima de sus abominables experimentos?
—¿Y la joven del pie desnudo y el ramo de flores, no dijo alguna palabrilla?
—Ni media, hermano.
—¿Y usted no le dijo nada, ni traspasó el espacio de media vara que había entre los dos?
—No podía hablar. Acerqueme, sí, a ella, y en el mismo momento desapareció.
—¡Qué picardía! Pero el demonio es así, amigo mío: ofrece y no da.
—Mucho tardé en reponerme de la horrible sensación que aquello dejó en mi alma. Al fin recogí el libro, y dirigí mis pensamientos a Dios. ¡Ay, qué extraña sensación! Tan extraña es, que no puedo explicarla. Figuraos, querido señor, que mis pensamientos, al remontarse al cielo tomando forma material, fueran detenidos y rechazados por una mano poderosa. Esto ni más ni menos era lo que yo sentía. Quería pensar y no tenía espíritu más que para sentir. Por mi cuerpo corrían, a modo de relámpagos del movimiento, unas convulsiones ardientes... ¡Ay! no, no puedo de modo alguno explicar esto... En mi cuerpo chisporroteaba algo, cual mechas que se van apagando, y cuyas pavesas, mitad fuego, mitad ceniza, caen al suelo... Levanteme; quise entrar en la iglesia; pero... ¿creerá usted que no podía? No, no podía. Alguien me tiraba de la cola del hábito hacia afuera. Corrí a la celda que me habían destinado, y arrojándome en el suelo, puse la frente sobre mis manos y mis manos sobre los ladrillos. Así estuve toda la noche orando y pidiendo a Dios que me librara de aquellas horribles tentaciones, diciéndole que yo no quería pecar, sino servirle; que yo quería ser bueno y puro y santo.