—No me has dicho nada de aquella persona...
—Ya lo sabrás todo —me contestó, sin oponerse a que la comiese a besos las manos—. Ven pronto a casa... prueba a levantarte.
—No puedo, hijita, estoy muy débil. Ese hospitalario de mil demonios se propuso hoy matarme de hambre. El agustino empeñado en que no había de comer, y Miss Fly volviéndome loco con sus habladurías...
—¡Oh! —dijo Inés con encantadora expresión de amenaza—. ¿Esa inglesa ha de estar contigo en todas partes?... Tengo una sospecha, una sospecha terrible, y si fuera cierto... ¿Seré yo demasiado buena, demasiado confiada e inocente, y tú un grandísimo tunante?
Miró de nuevo mi frente, no ya con inquietud, sino con verdadera alarma.
—¡Inesilla de mi corazón! —exclamé—. ¡Si tienes sospechas, yo las disiparé! ¿Dudas de mí? Eso no puede ser. No ha sucedido nunca, y no sucederá ahora. ¿Puedo yo dudar de ti? ¿Puede quebrantarse la fe de esta religión mutua en que ha mucho tiempo vivimos y entrañablemente nos adoramos?
—Así ha sido hasta aquí; pero ahora... tú me ocultas algo... mi madre ha pronunciado al descuido algunas palabras... No, Gabriel, no me engañes. Dímelo, dímelo pronto. Miss Fly te recogió del campo de batalla. Ella lo ha negado; pero es verdad. Nos lo han dicho.
—¡Engañarte yo!... Eso sí que es gracioso. Aunque fuese malo y quisiera engañarte, no podría... Pero te debo decir la verdad, toda la verdad, mujer mía, y empiezo desde este momento... ¿Por qué me miras la frente?
—Porque... porque... —dijo pálida, grave y amenazadora—, porque ese mechón de pela te lo ha quitado Miss Fly. Yo lo adivino.
—Pues sí, ella misma ha sido —contesté con serenidad imperturbable.