—Señor oficial —dijo solemnemente bebiendo su té—, yo no tengo esposo; yo soy soltera.
Esto puso el límite a mi asombro, y vacilante al principio en mis ideas, no supe contestarle con medias palabras.
«¡Buena pieza será esta que se ha colgado de mi brazo! —dije para mí—. Los franceses traen consigo mujeres de mala vida; pero de los ingleses no sabía que...»
—Soltera, sí —añadió con aplomo y apartando la taza de sus labios—. Os asombráis de ver una señorita como yo en un campo de batalla, en tierra extranjera y lejos, muy lejos de su familia y de su patria. Sabed que vine a España con mi hermano, oficial de ingenieros de la división de Hill, el cual hermano mío pereció en la sangrienta batalla de la Albuera. El dolor y la desesperación tuviéronme por algunos días enferma y en peligro de muerte; pero me reanimó la conciencia de los deberes que en aquel trance tenía que cumplir, y consagreme a buscar el cuerpo del pobre soldado para enviarle a Inglaterra al panteón de nuestra familia. En poco tiempo cumplí esta triste misión, y hallándome sola traté de volver a mi país. Pero al mismo tiempo me cautivaban de tal modo la historia, las tradiciones, las costumbres, la literatura, las artes, las ruinas, la música popular, los bailes, los trajes de esta nación tan grande en otro tiempo y otra vez grandísima en la época presente, que formé el proyecto de quedarme aquí para estudiarlo todo, y previa licencia de mis padres, así lo he hecho.
«Sabe Dios qué casta de pájaro serás tú» —dije para mi capote; y luego, en voz alta, añadí sosteniendo fijamente la dulce mirada de sus ojos de cielo:
—¡Y los padres de usted consintieron, sin reparar en los continuos y graves peligros a que está expuesta una tierna doncella sola y sin amparo en país extranjero, en medio de un ejército! Señora, por amor de Dios...
—¡Ah, no conocéis sin duda que nosotras, las hijas de Inglaterra, estamos protegidas por las leyes de tal manera y con tanto rigor que ningún hombre se atreve a faltarnos al respeto!
—Sí, así dicen que pasa en Inglaterra. Y parece que allá salen las señoritas solas a paseo, y viajan solas o acompañadas de cualquier galancete.
—Aunque fuera su novio, no importa —dijo la inglesa.
—¡Pero estamos en España, señora, en España! Usted no sabe bien en qué país se ha metido.