—El General en Jefe pregunta si hay un oficial español que se atreva a entrar disfrazado en Salamanca para examinar los fuertes y las obras provisionales que ha hecho el enemigo en la muralla, y enterarse de si es grande o pequeña la guarnición, y abundantes o escasas las provisiones.
—Yo soy —dije resueltamente sin aguardar a que el general concluyese.
—¿Tú —dijo España con la desdeñosa familiaridad que usaba hablando con sus oficiales—, tú te atreves a emprender viaje tan arriesgado? Ten presente que es preciso ir y volver.
—Lo supongo.
—Es necesario atravesar las líneas enemigas, pues los franceses ocupan todas las aldeas del lado acá del Tormes.
—Se entra por donde se puede, mi general.
—Luego has de atravesar la muralla, los fuertes; has de penetrar en la ciudad, visitar los acantonamientos, sacar planos...
—Todo eso es para mí un juego, mi general. Entrar, salir, ver... una diversión. Hágame vuecencia la merced de presentarme al señor Duque, diciéndole que estoy a sus órdenes para lo que desea.
—Tú eres un atolondrado, y no sirves para el caso —repuso D. Carlos—. Buscaremos otro. No sabes una palabra de geometría ni de fortificación.
—Eso lo veremos —contesté sofocado.